domingo, 10 de enero de 2016

Unknown Legend



Preciosa versión de aquella preciosa canción de aquel precioso disco llamado "Harvest Moon".

"Unknown Legend"

"She used to work in a diner
Never saw a woman look finer
I used to order just to watch her float across the floor
She grew up in a small town
Never put her roots down
Daddy always kept movin', so she did too.

Somewhere on a desert highway
She rides a Harley-Davidson
Her long blonde hair flyin' in the wind
She's been runnin' half her life
The chrome and steel she rides
Collidin' with the very air she breathes
The air she breathes.

You know it ain't easy
You got to hold on
She was an unknown legend in her time
Now she's dressin' two kids
Lookin' for a magic kiss
She gets the far-away look in her eyes.

Somewhere on a desert highway
She rides a Harley-Davidson
Her long blonde hair flyin' in the wind
She's been runnin' half her life
The chrome and steel she rides
Collidin' with the very air she breathes
The air she breathes."

viernes, 8 de enero de 2016

Siempre la misma guerra



Terrible e intersante fragmento del diario del soldado francés Nicolás Marcel, detallando su entrada en Salamanca en noviembre de 1812, cuatro meses después de la grave derrota de Arapiles.

"Nuestros dos ejércitos se unieron en las planicies de Alba, pero el grueso del ejército enemigo y sus bagajes estaban ya camino de Ciudad Rodrigo y de nuevo sentimos la rabia de ver cómo se nos escapaban los ingleses. Hacía varios días que la lluvia caía continuamente, los caminos estaban en un estado lamentable. A pesar de todo, una vez que hubimos vuelto y vivaqueado a los pies de los Arapiles, partimos a las siete de la tarde para tomar Salamanca, ya entrada la noche. Atravesamos el campo de batalla en la oscuridad: andábamos sobre los cadáveres, que ya eran esqueletos. Los cráneos rodaban, y los huesos que pisábamos hacían un ruido siniestro al romperse. A las nueve de la mañana estábamos delante de Salamanca pero no pudimos entrar hasta una hora más tarde. No había dejado de llover, estábamos calados hasta los huesos y, de repente, el cielo se aclaró, cesó la lluvia y comenzó a helar. ¡Menuda situación la nuestra!

Salamanca era una ciudad entregada al pillaje. Se abandonaron a manos de los soldados todas las casas donde no había oficiales alojados. La ciudad merecía este castigo. Júzguenlo ustedes mismos: la ciudad llevaba cinco años siendo el almacén de todos nuestros aprovisionamientos, todo lo que llegaba de Francia para el ejército se depositaba en Salamanca, todo el dinero que recibíamos era gasto que se hacía a los mercaderes de esta ciudad y, a pesar de los desolados caminos, ningún ciudadano fue nunca robado ni molestado. En recompensa, los habitantes se comportaron de una forma atroz con nuestros heridos en la batalla de Arapiles, arrancándoles las vendas y dejando las heridas al descubierto, mutilando de manera innoble a otros desgraciados y envenenando a todos los amputados que ingresaban en los hospitales. No había que tener ninguna piedad con tales salvajes. Había allí tiendas inmensas con grandes cantidades de galletas, carne salada y ron, de las que se dejó sacar a cada soldado lo que quisiera. Nuestros hombres no pudieron contenerse, y el desorden y la violencia tomaron proporciones terribles.

Al día siguiente por la mañana, después de una noche de gritos y ruidos producidos a causa del pillaje, fui a ver a mi antigua anfitriona, doña Sinforosa Martel, que estaba casada desde hacía poco con un "donjuan" de la ciudad. Me recibió muy mal y me hizo muchos reproches sobre mi ingratitud, diciéndome que debía haber ido a alojarme a su casa para evitarle la violencia de la soldadesca. Me confesó que había sido víctima de quince o veinte dragones. Estaba, en efecto en un estado lamentable, y ya no podía andar. A pesar de todo, no me dio mucha lástima de ella, porque, aunque me había hecho algunos favores últimamente, ella detestaba a los franceses y no podía ocultar su aversión por nosostros. Un día, después de haber pasado juntos los momentos más dulces, me puso un puñal sobre el pecho diciendo: "Mira cuánto te quiero, para mí eres lo más preciado que tengo, pero si pudiera eliminar a todos los franceses apuñalándote a ti, serías hombre muerto". Sus lamentos no produjeron gran efecto en mí por entonces, y la dejé para ir a ver a su amiga Juana González, que había hecho las delicias de mi camarada Labaith. Esta amable mujer había sabido prever la tormenta y ponerse a salvo acogiendo a un oficial en su casa. Yo no buscaba retomar el contacto con mis antiguas dulcineas, porque tenía en mi alojamiento una pequeña y encantadora morena que, gracias a la promesa que le hice de protegerla de la brutalidad de los soldados, compartía sin problemas mi cama. Era, según ella decía, para estar más segura.

El desorden llegó a ser tal que para pararlo hizo falta sacar todas las tropas de la ciudad. El rey José pasó revista a todo el ejército: tenía allí 90.000 hombres de infantería y 20.000 jinetes, de los cuales los más jóvenes tenían cuatro años de servicio. ¡Qué desastre hubiera resultado para el ejército anglo-portugués si nos hubiera esperado en las planicies de Castilla!"

jueves, 7 de enero de 2016

La risa de Billie Holiday


"Olvidemos por un momento -precisamente por tratarse de algo inolvidable, imposible, imborrable- a su madre dando a luz a los trece años. Olvidemos a su bisabuela, que vivia en una cabaña en mitad de un plantación cuyo dueño, un guapo irlandés que acudía a beneficiársela siempre a la misma hora, le hizo diecisiete hijos, de los que solo sobrevivió uno: su abuelo. Olvidemos a su abuela, que murió abrazando a su hijo con tanta fuerza que tuvieron que romperle un brazo. Olvidemos las violaciones a los catorce años y a la puta adolescente. Olvidemos el rechazo generalizado, la miseria, la inmundicia de los hombres, el talego, las clínicas para rehabilitarse, la pasma y una mezcolanza de polvos blancos regados con whisky. Billie Holiday supo lo que es tener suerte. Ganó más dinero que todas las negras de Estados Unidos juntas. Llevó diamantes y vistió abrigos de piel. De ella recordamos su risa, una risa de niña y de mujer mimada, una risa inteligente o una carcajada: la risa de la vida".

(Francis Marmande)

Lady Day ya había pasado por aquí tras la lectura de su autobiografía "Lady Sings the Blues". Los Reyes me dejaron "Billie Holiday", relato gráfico de Muñoz y Sampayo, cuyo inicio es buen motivo para una nueva visita.

sábado, 2 de enero de 2016

De repente Abril (VIII): la lectora de mapas y el poder del no




(Se reitera ADVERTENCIA: Material inflamable. Si te exasperan los niños o aún peor, los padres hablando de niños, sentimiento muy comprensible y razonable por otra parte, mejor no sigas leyendo)

Tarea de arquitecto o urbanista, la de diseñar casas, calles, ciudades y el mundo alrededor. Abril también está construyendo su mundo, es ya consciente de lo que le rodea y aunque mucho sigue sorprendiéndole,  creo que ya es menos que lo que reconoce, que lo que vuelve a conocer cada día, que sabe que volverá a estar ahí tras cada despertar. Por eso se apresura a fijar sus referencias, dibujar sus mapas y diarios en los que aparecen accidentes geográficos, pasos estrechos en forma de malos ratos y muchas corrientes favorables, por mar y aire, en forma de personas, episodios, cosas y sentimientos.

Para trabajar con esa información y sobre todo para que le sea útil, ha de saber transmitirla. De ahí esa frenética carrera por intentar nombrar todo a su alrededor. Su mente  es algo así como un campo limpio hasta el horizonte en el que han comenzado a elevarse  afloramientos  ya permanentes de naturaleza variada. O como una enorme caja donde se acumulan sus recuerdos, experiencias que ella traduce en palabras y algo que deben ser  como bocetos de conceptos. Comienza a descubrir, además de los colores, las letras y los números,  ese milagro humano, esas armas que le servirán para mucho más de lo que imagina, casi para construir vidas enteras acercándose al rumor de su fuego. Es entrar en una habitación o salir a la calle y despertar su dedo índice para señalar a cada cosa y decir qué es, como si con su mirada se obrara un conjuro y todo se iluminara recitando en voz alta su nombre o algo parecido a su nombre.

Últimamente Abril ha descubierto un gran poder: el poder del no. Hay ratos en que el proceso es simple y automático: pedirle o decirle algo e inmediatamente desencadenarse  un resorte interior, con o sin amago de ira, en la que se niega por principio, sin más. El tema u objeto es lo de menos,  ya que puede tratarse de algo que desea realmente, por lo que la estrategia a adoptar es tratar de distraerla  y que olvide su inicial actitud de cerrazón, muralla que a veces parece infranqueable y que, sin embargo, a menudo se derrumba en un instante, lo que no deja de resultar sorprendente.

Es imposible no acordarse de esa magnífica película de dibujos animados de Pixar ,“Del Revés”, cuya protagonista, Riley, de niña, se nos parece un montón a Abril.  Obra que creo solo es  disfrutable por los adultos, que a los niños  se les debe antojar un galimatías indescifrable, donde se adopta el punto de vista interno de la niña,  donde la verdadera estrella es su mente, asumiendo el protagonismo unos pequeños seres que gobiernan a Riley y que representan la ira, la tristeza, la alegría, el miedo y el asco, y donde tienen importancia conceptos de la psicología como la memoria a  corto y largo plazo. Y al que veo más veces de las que quisiera al mando, es al tipo de color rojo,  el que en determinadas circunstancias convierte a Abril en un pequeño ser exasperante.


Pero toda va bien, siguiendo el curso previsto, sin más incidencias e incidentes que los relativos a su integridad física, siempre precaria, siempre al borde del descalabro, situación que espero  con el tiempo  vaya atenuándose, porque es algo que yo llevo francamente mal por mi facilidad para detectar fatales riesgos a cada paso, para cierto regocijo de Susana.

Desde que pasé aquellos malditos años de angustia y exilio interior, algo que ahora creo estaba en mi destino, una  especie de purga para tratar de acercarme a qué soy realmente a todos los niveles, ostento una gran virtud: la de disfrutar de las cosas que me gustan que es muchísimo y son muchísimas. En esa escala, evidentemente hoy Abril ocupa el primer lugar y cada día que pasa es un privilegio el poder ser testigo  de lo extraordinario que ofrece una niña de cerca de dos años a mi vera, enredándose en mis piernas y exigiendo atención de continuo. Lo curioso es que a esos sentimientos y momentos de plenitud, les acompaña inseparable la consciencia de su fugacidad, de que  pronto añoraré esta  vida  o forma de vivir, porque la presencia de Abril lo mediatiza todo, porque convivir con ella convierte la vida en algo muy distinto. 


Sí, a veces estorba, molesta y cabrea, más por mis gustos y querencias, pero está por encima de toda duda que Abril marcará estos años, sin que pueda haber experiencia , logro o problema personal durante los mismos, que se superponga  a lo que es nuestra vida con Abril, lo más importante de nuestra vida, lo que dentro de unos años solo será un recuerdo del que quedará como símbolo Lola –curiosa relación, casi enfermiza, la de los niños con sus muñecos de apego- como testigo mudo. Ojalá también que, de alguna forma, en la memoria oculta, guardada en un escondido archivo del que ella en el futuro casi ni sea consciente, como en la película, Abril también atesore algo de su relación con Lola, de su vida con Lola, también de su vida con sus padres antes de convertirse ese alguien diferente, lo que también aguardamos con ilusión y esperanza.

Otra de las canciones favoritas de Abril.

jueves, 31 de diciembre de 2015

2016, ¡¡EN MARCHA!!


Desde siempre he sido aficionado a la Historia en general, pero hay etapas que me han atraído especialmente desde chaval. Una de ellas son los albores de la conquista del espacio, puede que de lógica atracción para un tipo que disfruta tanto de la soledad y la calma. La carrera espacial desde el lado americano aparece analizada con detalle y gracia en un magnífico libro de Tom Wolfe que ya pasó por aquí: "Lo que hay que tener. Elegidos para la gloria".  Sin embargo, el bando soviético resulta aún más fascinante por el misterio inherente a todo lo que se trajinaba tras el telón de acero, que aquí adquirió proporciones de gran historia clásica, sobre todo por el mítico personaje de personalidad oculta, con poderes casi míticos que se ocultaba tras el cinematográfico sobrenombre de "El diseñador jefe", cuya identidad solo fue revelada una vez muerto, Serguéi Koroliov, así como su tremenda historia detrás en forma de años de reclusión en los campos del Gulag siberiano. Tal vez alguno de vosotros disfrutara la semana pasada de un muy buen par de documentales que emitieron en La 2 y que puede que aún tengan colgados en su página.

A lo que iba, desde hace muchos años -en el margen del blog ha estado desde el principio-, cuando toca hacer algo complejo, afrontar un día jodido, encarar una competición exigente -cuando competía- o simplemente subir un puerto, al inicio de la empresa me repito las palabras de Gagarin justo antes de despegar: "¡¡POEHALI!!" ("¡¡EN MARCHA!!"). Me parece una estupenda frase que denota una gran confianza cuando no se puede dejar de ser consciente de la que tienes encima: el primer hombre lanzado al espacio en uno de aquellos pepinos que la mitad de las veces se caían o estallaban, por no hablar de las frágiles garantías de un regreso entero. Tantas cosas se podían torcer en aquellos aventuras, que no merecía la pena asustarse. La vida misma.

2016, ¡¡EN MARCHA!!

Como hace poco se cumplieron 100 años del nacimiento de Frank Sinatra, comparto "Fly me to the Moon". Este mundo extraño en el que pudiendo disfrutar de esta canción cantada por un gran cantante, muchos preferirán comprarse estas navidades un disco con la versión de un tío majete aficionado a cantar llamado Bertín Osborne, ese señor al que, por lo que veo en los anuncios de programación, le han dado la llave de La 1 para que cierre cuando termine. En fin, iba a decir que esto es la cultura del régimen, pero más bien esto es la cultura hoy. Sin más.

FELIZ AÑO NUEVO


martes, 29 de diciembre de 2015

Urueña, villa milagro del libro



¿No es acaso un milagro que en un pueblo de poco más doscientos habitantes cuente con seis museos y nueve librerías? Insólita forma de colocarse en el mapa.Más que un parque temático, un pequeño planeta en medio de la meseta castellana para el encuentro de los aquí no tan raros cosmonautas.




Volveremos pronto, cuando Abril esté más civilizada, porque os la podéis imaginar en el Museo del Cuento. Volveremos para ver lo que nos perdimos, volveremos a por más libros.



Digo yo que con el maravilloso marco que tenemos aquí, en Ciudad Rodrigo, si estos no son imaginativos ejemplos para tratar de ofrecer algo más, algo distinto.  ¿Qué tal el teatro como eje? ¿Qué tal ...?

domingo, 27 de diciembre de 2015

De mis tribulaciones con las divas del pop II



Tras unos tiempos en que parecía algo agotado, Ryan Adams ha vuelto a las andadas, a ser uno de los autores más prolíficos del mundo del rock, con lo bueno y malo que eso ello conlleva. Cuando escuché "1989", su último disco, me pareció bueno y comercial, con canciones inspiradas y bonitas que seguro le volverían a colocar tras la pista del éxito masivo. Pero he aquí que una mañana escucho en la radio que este disco es una revisión completa de todas las canciones del disco homónimo de Taylor Swift. 

No pude evitar sentirme algo descolocado, con el culo torcío que decían los de la Muchachada. Como el supuesto experto en vinos al que se la cuelan y se queda con cara de tonto. Acaso será que tantos prejuicios tengo que soy incapaz de apreciar o más bien de reconocer que unas canciones que no deberían gustarme, me gustan.

 

Confieso una actitud, a la que considero ya sin remedio, entre machista y engreída, consistente en que si una tía buena explota demasiado esa condición como reclamo, efectivamente llama mi atención como tal, pero no puedo ir más allá, es decir, a valorar en serio su arte; o dicho de otro modo, todo ese mundo de coreografías y esfuerzo por almibarar o potenciar el poder de una canción. a mí se me antoja vano esfuerzo en pos de la nada.

Bien, escuché un par de canciones en su versión original, y para la tranquilidad del guerrero melómano, pleno de estúpida suficiencia, me parecieron un horror, potenciado por unos terribles videos que a los jóvenes le deben parecer lo más, pero que yo a estas alturas no me puedo tomar en serio. Los cachivaches y giros, supuestas señas de identidad de la moda de hoy, joden de mala manera unas canciones que es evidente que, aunque no sean de gran recorrido, están ahí y  son buenas.

viernes, 25 de diciembre de 2015

De mis tribulaciones con las divas del pop I


Comiendo una oreja ayer en el Mar del Plata con Ciego Sabino, sonaba en la televisión  el clásico canal con vídeos musicales de moda, el previsible desfile de tías buenas con elaboradas coreografías, cuando de pronto una canción me llamó la atención porque sabía que era importante para mí, aunque no recordaba la razón. De camino a casa, me di cuenta de que se trataba de la canción que sonaba en uno de los momentos más bellos de una de las películas que más me ha gustado en los últimos tiempos: "De óxido y hueso" de Jacques Audiard. Tan perdido ando yo en este mundo de las grandes ventas, que cuando llegué a casa puse en el buscador: "De óxido y hueso, Rihanna". No, no era Rihanna, era Katy Perry, y he encontrado el trabajado vídeo de una chica donde se mezclan los dos momentos en los que suena la canción, especialmente importante y clímax emocional de la película el de una Marion Cotillard, en la terraza de su casa y ya sin piernas, ejecutando sus órdenes  a las ballenas. Además acaba con el silencio de la brutal escena del reencuentro sin resentimiento con la orca como metáfora del hombre frente a la naturaleza, representando nuestra pequeñez y nuestro absurdo afán por controlar lo que nos supera. Palabras mayores.


Hay que reconocerlo, los estribillos de estas canciones se adhieren a tu cerebro cosa mala; difícil sacudírselas de encima, si además a Abril le encantan. 

La película sí acaba con una canción de, ahora sí, uno de los discos que más me han gustado en los últimos tiempos, de Justin Vernon, espíritu afín. Combinación explosiva, que ustedes lo disfruten.

jueves, 24 de diciembre de 2015

FELIZ NAVIDAD, FELIZ 2016


Como ya sabéis, a esta familia le gusta la Navidad y hasta el invierno. Somos raros.

Alguno ya la habéis recibido, puede que alguien  hasta la tenga en el buzón. 

Para todos los demás, también para los renegados de la Navidad.

¡¡FELIZ NAVIDAD, FELIZ 2016!!

De corazón.

De Susana, Abel, Abril... y Conor Oberst.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

RINCÓN OESTE, 20 años en 20 segundos


20 años en 20 segundos. Castellón, Campeonato de España de 800 metros. Álvaro de Arriba, situado al final del grupo antes de encarar la recta de meta, parece haber perdido todas sus opciones de revalidar el subcampeonato de España conseguido un año antes. Ese súbito y poderoso cambio de ritmo que sus rivales aguardan, hoy no parece crédito suficiente para alcanzar la gloria en forma de medalla.

Sin embargo, sucede.

Si esto fuera una película, probablemente esos veinte segundos se ralentizarían en imágenes a cámara lenta del  espigado cuerpo y el rostro crispado de Álvaro pugnando por lo imposible mientras se alternarían fotogramas de toda su trayectoria desde niño, centrándose especialmente en los malos momentos y en las dudas que generaron, esos baches que traspasan las existencias de cualquiera, también las del triunfador, que puede que sean aún más importantes en la formación del carácter del campeón, que necesariamente ha de saber enfrentarse no solo a las inesperadas grandes tragedias, sino a las pequeñas dificultades rutinarias con la fuerza más importante, la de la tenacidad cotidiana frente a la pereza, la de la renuncia al camino fácil, siempre más tentador para cualquiera, más para un joven. Esa sucesión de imágenes comprenderían las ya aparecidas en la película, ya a punto de terminar, con el clímax de la victoria, de la redención, de la justicia como recompensa a muchos años de esfuerzo destinados a llegar a este momento. Durante el sprint final seguro aparecería otra figura familiar en la pantalla, la del mentor, la del maestro que le acompañó desde niño, que lo descubrió y lo cuidó. El que lo vio crecer como hombre y le hizo crecer como atleta hasta ser casi el mejor hoy, segura antesala del mejor mañana, que hoy casi es tan responsable como él de lo que es. 

Pero yo no hago películas, yo escribo, y mientras comienzo a ver a Álvaro arrancar encarando la línea de meta, me valdré de mis armas, mis reflexiones y palabras, para ralentizar esos veinte segundos en párrafos, no para centrarme en su figura, sino en alguna de las razones por las que hoy está aquí, jugándose un campeonato de España en un puñado de metros. Y puede que la razón de más peso sea su club de siempre, Rincón Oeste, que este 2015 ha cumplido veinte años.

Estos relatos, los del cine o los puramente contados, tienen más de efectista que de real, porque nadie resume una existencia en veinte segundos o en veinte párrafos, pero quiero pensar que sí hay algo de justicia poética en  desentrañarla en apenas unas páginas, herramientas del arte, que manejadas con pericia por el escribidor, pueden ser capaces de destilar algo de vida para encontrar la esencia de lo que sucede, de nuestras sueños, luchas o miedos.

Mi búsqueda se comprime en la respuesta a una pregunta. Pregunta formulada hace muchos años, también casi veinte, cuya respuesta fue largamente aplazada. Es la misma que le hacían a Juan Carlos Fuentes, el creador del club, cuando comenzó a dedicarle tiempo, demasiado tiempo según los demás, tardes y casi todos los fines de semana a carreras y chicos, entrenamientos y viajes. Partiendo de la base de que si alguien te pregunta  eso, la mayoría de nuestra sociedad entiende que el hombre no puede ganar algo que no sea computable en dinero, que ningún esfuerzo sirve o merece la pena en la vida si no hay compensación material, si eso que se gana no se traduce en la anotación contable de una cartilla o al menos en un titular de periódico.

Bien, ¿Merece la pena?  ¿Mereció la pena? Veinte años después es un buen momento para hacer balance y responder.

Los mismos que hicieron la pregunta en un principio, hoy no dudarían en responder que sí, ahora lo entenderían porque ahí está el currículum, el historial de éxito y medallas en campeonatos provinciales, autonómicos y nacionales para dar fe de ello. Ellos necesitan lo tangible, el éxito, la noticia, la palmada en el hombro del político, la fotografía para saber que sí, que mereció la pena.
Pero yo, como Juan Carlos, creemos que todo eso está bien, que procede que se destaque, aunque es a todas  luces evidente que, a la vista de lo conseguido, el reconocimiento público se antoja exiguo. El verdadero éxito es una escuela y un club de atletismo en el que hoy trabajan alrededor  de 75 atletas y por el que han pasado cientos más que son capaces de entender qué es el deporte de verdad –no el de los titulares de periódicos deportivos-, de cómo sus valores son aplicables a cualquier ámbito de nuestro discurrir vital, capaz de hacernos sentir más plenos.

Alguna de las personas que más admiro y envidio son los músicos, especialmente los de clásica, por su talento, sí, pero más por esa gran capacidad de trabajo, oscura e invencible, a veces casi heroica. Hace unos meses le escuché en una entrevista a la ilustre violista Isabel Villanueva, que en su mundo, sin rigor, no hay excelencia. Y algo de eso hay en el atleta serio y profesional, mucho de ello en la figura de Juan Carlos.

Ser lo que eres capaz de ser, tal vez la mejor y más fiable fuente de plenitud del ser humano. Ahí es clave la figura del entrenador como guía, casi escultor o Pigmalión, alter ego u otro yo,  para  conseguir que alguien dotado por genética, sea lo mejor que puede ser en un proceso que abarca muchos años, durante los cuales se ha de ser paciente, incluso frenar para no obtener frutos demasiado tempranos que pronto perecen, y que malogran los más valiosos, los del porvenir. Proceso en el que no basta con conocer y trabajar las condiciones físicas, sino también las mentales y hasta las que podíamos llamar espirituales. Porque el anhelo, el ansia de perfección, que es algo informe, una pulsión desordenada, ha de encauzarse a través de un plan y un método. Crear un camino lleno de huellas, en el que cada una de ellas, es el recuerdo del castigo del propio cuerpo, capaz de habituarse, de soportarlo y, tras la necesaria reparación del descanso, regresar hasta el umbral del dolor, soportarlo, traspasarlo y llevarlo un poco más allá. El entrenamiento como búsqueda de los límites. Algo de asceta tiene el atleta, no solo de forma figurada, ya que como escribe Ortega y Gasset: ”Recuérdese que la más exacta traducción del vocablo “ascetismo” es “ejercicio de entrenamiento”, y los monjes no han hecho sino tomarlo del vocabulario deportivo usado por los atletas griegos. “Askesis” era el régimen de vida del atleta, lleno de ejercicios y privaciones”. “Hay quien no siente vivir si no es a máxima tensión de sus capacidades. Sólo le cabe el peligro y la dificultad. La existencia no tiene para él sentido si no es ascensión de lo menos a lo más perfecto”.

Hablo de rigor, y puede que Juan Carlos sea una de las personas más rigurosas y serias en su ámbito. Esa seriedad implica que trabajando con niños, paradójicamente se exige falta de seriedad, en un mundo que se contamina del sentir general, del afán y ambición sin medida, donde, vuelvo a insistir, es fácil trabajar con un niño como con un adulto, exprimiéndolo para obtener resultados demasiado rápidos, probablemente más tarde frustrados y frustrantes para los protagonistas.

En la Escuela de Atletismo de Rincón Oeste los niños de seis a once años, básicamente juegan, no más de lo que debe hacer un niño a su edad. Correr y saltar,  inherentes formas de expresión torrencial y desmedida. Así, bajo la experta y atenta mirada de Estela, los niños, sin apenas enterarse, adquieren destrezas y condición física, se desarrollan para que en el futuro, ya propiamente en el club, se elija la disciplina para trabajar de forma específica con chicos más formados.

Ese rigor aquí no se traduce por exigencia,  ese rigor necesariamente ha de ser lo contrario: libertad o apariencia de libertad, control invisible de una escena representada en un pabellón atestado de gritos y risas en los que un grupo de niños se enreda entre colchonetas, balones o combas, aparatos que yo odiaba de crío, cuando nos tocó lidiar con una concepción del deporte malsana en aquellas temibles clases de gimnasia y que hoy aseguran que estos niños, cuando lleguen a adultos, atesoren un recuerdo muy distinto. Detrás de ese caos aparente, del loco guirigay que componen cuarenta niños a la carrera, hay un método, que encarna una Estela cronómetro en mano,  secuenciando sesión, decidiendo tiempos de estiramientos, de calentamiento dinámico, de clásicos juegos como el “pilla-pilla”, de técnica de carrera, de salto de altura con gomas, de habilidades y ejercicios básicos como skipping o carrera hacia atrás. Así, sin enterarse, el cuerpo en formación de esos niños se irá transformando, afinándose, afirmándose.


 

Viendo a esos niños, observando alguna mirada perdida, se vislumbra la inseguridad de algunos frente a la seguridad del que se siente fuerte ya debido a un desarrollo más precoz o a mejores condiciones. En ello están, en el crecer, en acelerar, en guiar el proceso del paso de la inseguridad a la seguridad, a la que llegarán antes o después. La impaciencia de la edad les hace imposible conocer que las destrezas se tardan en adquirir, que no es un estado, que no eres lento o rápido, ágil o torpe; que vendrá un día en que todos lleguen a unos mínimos. Que el que mira con envidia al que salta con suficiencia, está en camino y también lo logrará. Tras la sesión, después del juego, progresiones para transferir, lo que, viene a significar entrenar atletismo sin ser consciente de ello.

Estela construye la base para que los niños y niñas, cuando salgan de sus manos y pasen al club, ya bajo la dirección de Juan Carlos, estén plenamente coordinados, y realicen cada ejercicio correctamente, con buenas posturas, asimilados ya conceptos básicos en la práctica deportiva como el calentamiento, el estiramiento o comprendan en qué consiste el entrenamiento.

Otro de los objetivos a conseguir, igual de importante, es la sociabilidad, que los niños aprendan a relacionarse, evitar que se junten en grupos o grupitos. Todos hemos sido niños; los hay tímidos, de desarrollo más precoz o tardío, de diferente carácter, los que se distraen con más facilidad. El atletismo como instrumento de integración.

Un club de base, una escuela de atletismo en Ciudad Rodrigo desde 2001 con identidad y funcionamiento propio, con un uniforme –recuerdo el inocente orgullo de mis primeras camisetas de equipo de baloncesto- y un nombre que acoge a todos y que, en principio, participa en cualquier competición, aunque en Ciudad Rodrigo no existen juegos escolares, sí se compite habitualmente en carreras de campo a través, atletismo en pista o jornada de atletismo divertido a nivel provincial, además de alguna otra prueba local, donde se trata de transmitir que ganar está fenomenal, pero que nunca ha de ser lo más importante. 

Es un periodo de transición, cuerpos en construcción, en camino a lograr su mejor versión. A los 12 años se da un nuevo paso en el aprendizaje, de un proceso lúdico al de la iniciación al entrenamiento, en el que se encadenan Escuela-Club-Vida; donde se transmiten unos valores como la disciplina, el sacrificio, la humildad –no en vano, uno de los atletas favoritos de Juan Carlos es Fermín Cacho, no solo por palmarés- o el rigor cara a alcanzar una meta, algo válido y valioso para cualquier campeón fuera de las pistas, en la carrera más dura de todas, la de la propia la vida.

El club es un mundo distinto. Ya Estela y Juan Carlos, ojos habituados, desde el principio aprecian las cualidades de cada niño cara a su futura elección de disciplina, donde ya se pondrá en práctica el trabajo específico que demanda cada una. La escuela es una forma de construir los cimientos que se desarrollarán en el futuro,  en función de muchos más factores que el simple talento, en edades complicadas, no hay que olvidarlo.

Observando la desoladora pista donde trabajan es imposible no asociar la escena a la tradición del atletismo castellano, la de recios hombres solitarios peleando contra el tiempo y la distancia –que es al final el atletismo-, por infinitos campos castellanos de inalcanzable horizonte,  sin que  las circunstancias y el escenario faciliten la aventura, pues ni el inclemente clima, ni los útiles o instalaciones son los más adecuados para encarar naturalmente el camino más recto para ser el mejor, o al menos el mejor que cada uno puede ser, que ya es mucho.

Tendemos a pensar que precisamente contar con una pista de tartán descarnada en estado ciertamente comatoso, unos vestuarios más del XX que del XXI o unas máquinas que parecen retrotraernos a una España de hace 50 años, al final puede ser hasta beneficioso, porque convertirá en más duro al atleta, cuyo objetivo es ser más fuerte y resistente que los demás, que esos obstáculos añadidos por una realidad rural castellana en proceso de desmantelamiento, al final representan un estímulo, un acicate, un plus cara a alcanzar la invulnerabilidad ante las circunstancias. Pero seamos serios, se trata de una suerte de componente legendario del que nos gusta tirar para convivir con lo inevitable, con lo que nos vuelve a tocar aportar algo más de reconocimiento a toda esa ristra de campeones y puestos de honor a pesar de tercas realidades en contra. Al final todo el castillo de naipes, todos los éxitos dependen del trabajo y empuje de una sola persona, como tantas veces en nuestra sociedad, lo que no deja de resultar entre admirable e inquietante.

El club es otro estadio. Cuerpos en esa etapa crucial que es la adolescencia en viaje lanzado hacia la perfección, la de sus cuerpos a la caza de la fuerza que proporciona el desarrollo muscular, también la resistencia o la velocidad para alcanzar el máximo en la la disciplina que ejecutan.

Resulta evidente la exigente y depurada técnica que requiere el salto de altura o longitud, el triple salto, las vallas o el lanzamiento, pero a la mayoría le sorprendería descubrir que algo que se nos antoja tan básico como correr, es extremadamente técnico, que requiere de un trabajo que no cesa para mantener la ortodoxia. Aunque todos conocemos grandes campeones cuyo correr ni de lejos era perfecto, como Michael Johnson o Emil Zátopek, aquí se tiende a la perfección y la perfección es, por principio y en esencia, belleza; es un cuerpo suspendido en el aire, lanzado hacia el futuro, contra el tiempo, marcado por el ritmo de metrónomo que marca el leve y fugaz apoyo del pie sobre el mullido tartán. Es tratar de mantener ese volar lo más posible sabiendo que es imposible, que lo que parece fácil de inicio precede a lo complicado y a la crispación final de la voluntad sobre las posibilidades del propio cuerpo, cuando la fuerza se ha esfumado y la armonía es un mero recuerdo, ordenarle lo que no cabe para tratar de llegar más lejos, cada nueva incursión algo más allá, hasta la misma excelencia del músico. En el atletismo esa excelencia es objetiva o no es, no ha lugar a engaño o subterfugio. El atleta, una distancia o longitud y el tiempo como severo juez de veredicto inapelable.

Una temporada que comienza el 1 de noviembre y acaba el 31 de octubre, con picos a principios de verano -además de los correspondientes en invierno con el campo a través y la pista cubierta, que parece será realidad próximamente en Salamanca- en la que chicos que parecen sanos, no sólo físicamente, sino también “espiritualmente”, compaginan estudios (en general buenos estudiantes), con entrenamientos. Lamentablemente en estos tiempos las posibilidades de becas para deportistas  se han reducido, con lo que hay menos asideros o puentes para que las perlas en estado embrionario, a las que también se les exige acertadamente un mínimo de resultados académicos, se desarrollen y, en su caso, eclosionen.  Cuenta Juan Carlos que en su deporte, durante el transcurso de estos veinte años, sí ha notado un leve cambio en la mentalidad de los chavales de hoy que, como espejo de nuestra sociedad, reflejan cierto desapego con el valor de lo que se tiene, pero eso nos pasa a todos, hechos a tener demasiado que no necesitamos, acostumbrados a oír sin escuchar las lecciones de nuestros mayores, cuando vivieron tiempos despiadados, escuela de vida donde todo se apreciaba en su justa medida.

Estos chicos, mientras entrenan, hablan con los términos propios de su jerga, plagada de números sin complemento, que representan una realidad que solo comprenden los iniciados: “un 250”, “un 1.25”, a “3.35”, tras duras series e intervalos donde se alteran intensidad y recuperación.

La jornada de trabajo es seria pero relajada. El atletismo, la preparación de las puestas de largo en competición oficial con jueces y resultados, el cotidiano trabajo para ser el mejor posible en la cita, no es divertido como lo puede ser un partidillo de fútbol o baloncesto, antes del partido de liga oficial, tras el trabajo puramente técnico o estratégico. Esa aridez del trabajo diario necesariamente ha de contribuir a la forja del especial carácter del atleta.

Entre 45 licencias federativas de jóvenes, en un deporte duro, número siempre en progresión, son una importante excepción, como todos los chicos que practican cualquier deporte, frente a esa lacra que  amenaza latente, la del sedentarismo de una chavalería menos habituada que nunca a jugar, a levantarse del sofá, a alejarse de pantallas esclavizantes.

Mientras converso con Juan Carlos junto a la pista, mientras corrige gestos a los chavales en la toma de una curva o en el segundo paso de un salto, defectos que escapan a mi ojo inexperto, me habla del escaso reconocimiento social e institucional a las gestas de unos chavales, que algo hay de triste en acostumbrarse a tener campeones autonómicos, como si nacieran por generación espontánea, como si no hubieran de seleccionarse, cultivarse y trabajar, sobre todo trabajar, para después merecer mayor gratitud y cariño.

Hubo un momento en que el club necesitaba crecer, exigía una nueva fase, lo que provocó el desplazamiento de su centro de Sancti Spiritus, creando escuelas en otras localidades (como Ciudad Rodrigo en 2001, La Fuente de San Esteban en 2003 y Vitigudino en 2011), abriendo la vía que Juan Carlos detectaba, el necesario crecimiento y la posibilidad de recepción de nuevos integrantes.  Fue un poco porque sí, porque era lo que tocaba en su desarrollo natural, como lo fue el propio nacimiento del club, que fue el lógico paso siguiente a todos aquellos chavales que Juan Carlos comenzó entrenado en varios deportes, ninguno atletismo, simplemente porque le gustaba el deporte, y tenía ese don algo innato para manejar y liderar grupos y tratar con chavales con ambas manos: la firme y la suave.  Participaciones ocasionales en carreras demostraron a propios y extraños que sus jugadores eran mejor que muchos corredores. Como contaba, el siguiente paso era obligado, el de crear un club de atletismo, con posteriores momentos decisivos, como el de rechazar la integración en clubes más grandes y asentados de Salamanca.

Detrás de un proyecto que abarca tantos años, necesariamente se ha de alojar una gran pasión, firme cimiento que puede ser suficiente para el primer arreón, no para el propósito serio de largo alcance. Esa ilusión fue tejiéndose y adquiriendo más firmeza con los mimbres del conocimiento y del estudio orientado pero libre, del autodidacta que sí, hoy luce las mayores titulaciones nacionales en el campo de estudio del atletismo, pero que imagino no olvida el método de antaño, el mejor jamás inventado: el del ensayo – error. Capaz de autocuestionarse desde su experiencia para llegar al camino hoy plenamente contrastado en una trayectoria reconocida no solo por los logros deportivos, sino a través de su colaboración con los estamentos deportivos que cuentan habitualmente con Juan Carlos para jornadas técnicas, cursos y organización de campeonatos. Un mundo, el del entrenamiento, en el que no es fácil encontrar la tecla y donde ni mucho menos está garantizado que un buen atleta llegue a ser en el futuro un buen entrenador, oficios bien distintos. Sobre sus herramientas, Juan Carlos se vale de las nuevas armas de la tecnología lo justo, siendo su preferido el trabajo de campo, el que realmente da y quita.

Hoy Rincón Oeste viene  a ser un crisol en el que convergen los variados ámbitos que integran la escena atlética: el deporte de base,  el atletismo en formación, el deporte profesional y el popular, hoy tan en boga.

Sobre el deporte profesional, con cierta mala prensa últimamente, comparto opinión con Juan Carlos, que diagnostica se halla en un periodo de transición, al borde de un mundo distinto donde puede que todavía salga mucha mierda, purga necesaria para que el enfermo se recupere, cercenando miembros enfermos, que harán crecer más fuerte el deporte limpio que amamos, el que se transmite sin matiz desde Rincón Oeste,  el que solo merece ese nombre, donde nunca el fin puede justificar los medios y donde yo pienso que puede que la opinión pública haya comprendido que su papel no ha de ser el de ponerse en guardia ante lo que siempre se interiorizaba como ataques injustificados, más que en predisposición para tratar de saber lo trascendental: la verdad. Porque, al final, Juan Carlos considera que las trampas no sirven más que para hacer más grande al decente, al noble, a ellos mismos. Cuando habla sobre el tema, mezcla dos palabras antagónicas: pesimismo e ilusión, por lo que ha de venir a corto y largo plazo respectivamente, de las que saldrá algo mejor, seguro.

Del otro hilo que señalaba, el del deporte popular, el club también se ha nutrido, como España entera, de esta última fiebre por la carrera, siendo muchos los corredores de todas las edades a los que se asesora en sus entrenamientos. Es un mundo del que me siento parte, aunque mi experiencia data casi de los albores de esta locura, con casi la misma edad en recuerdos que Rincón Oeste. Aquí igualmente, tanto él como yo, vemos mucho positivo pero también mucho que no nos gusta, que bien podría resumirse en la inconsciencia, irresponsabilidad o pose que en algo también viene a pervertir el mismo concepto de deporte como actividad paciente, templada y hasta lógica.

El club es pequeño y tiene las limitaciones de un club de pueblo, donde las instalaciones, como antes señalaba, son las que son, pero que además no fija población, con lo que no es raro que algunos chavales acaben marchando a estudiar o trabajar a otra parte, o simplemente elegir otras vías para desarrollarse como atletas. En esos casos, en la voz  y mirada de Juan Carlos, se mezcla el orgullo del artesano que hace bien su trabajo, que deja un atleta sabio y bien formado, con la inevitable añoranza. De su saber hacer, valga otra muestra destacable: la de que a pesar de que la carrera o el fondo es su suerte favorita, no existe especialización alguna dentro del club, abarcándose todas las disciplinas y logrando menciones y éxitos en varias que poco tienen que ver, como los lanzamientos o el salto, digno de mérito sobre todo cuando se llega a determinados niveles de máxima competitividad, donde el entrenador especialista casi se supone.

Lo habéis olvidado, pero muchas palabras después, Álvaro de Arriba continúa corriendo, y en apenas dos zancadas, revalidará su subcampeonato de España absoluto. Puede que entiendas que esa ha de ser la respuesta a la pregunta que formulaba al principio del artículo, que valió la pena hipotecar casi todos los fines de semana de la vida de Juan Carlos y Estela para otro éxito de los de campanillas. Me vale esa respuesta, claro, ya que evidentemente es un logro de altura, aunque creo que sería más correcto rastrearla en todas las razones que se enumeran a lo largo de estas páginas. Mereció la pena siempre, porque a pesar de los momentos bajos en forma de inevitables ingratitudes, roces o malentendidos, fue una buena forma de afrontar la vida la de ayudar a construir otras, porque quizá la razón fundamental es que ésta sigue existiendo. 

Otra razón podría ser también el intimidante gran reto del próximo año, el de clasificar a Álvaro para los Juegos Olímpicos de Río. Espero y confío que lo conseguirán, pero no hay que olvidar que la preparación de un  atleta de élite es vivir en el filo, cuando la afinación es tan precisa, tan cercana al eventual contratiempo en forma de lesión o simple error, capaz de echar al traste el trabajo de todo un año, que se ha de ser consciente de que el éxito depende de muchos más factores de los controlables realmente.

Se consiga o no, no hay que olvidar que la gran aportación de este club es el trabajo con niños y mayores que nunca soñarán con correr  en una pista repleta de espectadores y a los que nunca le pedirán una entrevista; es el transmitir el amor por el deporte como  elemento enriquecedor y hasta vertebrador de existencias, como casi una forma de vida. 

Pero este último párrafo no son más que trampas y arabescos de escritor, por lo que le pido a Juan Carlos que me responda de forma rápida a la pregunta de si ha merecido la pena y me responde que por supuesto, sobre todo porque hoy tiene más ilusión que nunca. Quién no firmaría esa declaración vital cada día, tras veinte años de dedicación. 

Una última pregunta: ¿Por qué atletismo? Juan Carlos, contundente: “Porque es la base de la vida”. 

Yo entiendo la respuesta, no sé si la entiendes tú.

*El artículo se centra en dos nombres: Estela y Juan Carlos, pero ambos aludieron a muchas personas, con o sin nombre, que a lo largo de estos 20 años hicieron y hacen posible esta encomiable cadena de recuerdos: entrenadores y monitores auxiliares, muchos padres que echaron la mano en tantos viajes de fin de semana,  voluntarios en la organización de carreras y claro, cada uno de esos niños hombres que forman parte o un día se pusieron la camiseta azul de los de Santis o de  la que desde hace tiempo es la del Club de Atletismo Rincón Oeste, el que poco a poco fue abriéndose fronteras para hoy aglutinar a deportistas en todo el territorio nacional.