viernes, 25 de julio de 2014

Jodío potro




Es una mañana de mediados de septiembre y aunque sabe que no hace frío, se engaña y trata de combatir sus nervios poniéndoles otro nombre: llamándolos frío.


La escena es extraña. Se trata de una gran sala a la que una serie de peculiares objetos proporciona personalidad: un potro, un plinto,  un caballo, dos gruesas cuerdas suspendidas a medio metro del suelo; también colgada del techo,  una escalera dispuesta de forma horizontal,  paralela al suelo, además de un puñado de bancos y colchonetas.  Es un gimnasio.


Un grupo de muchachos de pintoresca indumentaria, que va desde el chándal a la equipación de  fútbol, de la simple camiseta interior a los habituales vaqueros de cada día, aguarda expectante. Se distribuye en tres filas partiendo de la pared de un fondo.  Frente a cada fila, un espacio de sala vacío de unos diez metros. Tras el espacio: el potro, la colchoneta o el plinto.


El chico con la camiseta del Athletic de Bilbao se encuentra casi al final de una de las filas. Sintiéndose obligado, sonríe algo nervioso a algún comentario, pero tiene la mirada perdida, algo ajeno a lo que sucede y siendo consciente de que al fin llegó el momento que tanto ha temido durante toda la semana.


La última esperanza, la de que el maestro les ofreciera un balón de fútbol  salvador para que salieran a jugar al patio durante la hora de gimnasia, se ha esfumado y vuelve a estar allí, delante del potro un año después.


Con pura y amarga añoranza recuerda que hace dos años lo saltaba decidido y con confianza pero algo cambió el curso pasado. El primer día de gimnasia, hace justo un año,  no estaba nervioso. Sabía que todo iba a salir bien.  Sin embargo, algo ocurrió; tal vez el potro estaba demasiado alto, la carrera fue algo errática, en la medida que puede serlo en un recorrido de apenas tres segundos, pero no lo consiguió y llegó el pánico. La confianza desapareció y ya fue incapaz de superarlo durante el resto del año.


Los primeros chicos empiezan a saltar con confianza, riendo, alardeando; están disfrutando y el chico del final de la fila los envidia con rabia, con la rabia que alimenta el sentimiento de impotencia que arrastra lo imposible . Suelen ser los que también más se dejan notar en clase. En un razonamiento infantil y absurdo, el chico ha interiorizado que si tienes buenas notas, nunca serás capaz de hacer gran cosa con lo del deporte, nunca podrás jugar bien al fútbol o superar el plinto.


Las risas le sacan de su ensimismamiento, le advierten que algún camarada tampoco especialmente dotado, tiene problemas en alguno de los ejercicios o simplemente se ha quedado clavado delante del aparato. El maestro, autoritario, le indica la razón de su fallo en una exposición teórica ya gastada, que ambas partes reconocen obligada pero inútil.


El chico del Bilbao siente alivio. Al menos, aunque no salte, no será de los peores de la clase. Cierta suciedad le inunda, es ese sentimiento de vergüenza que más tarde sabrá que los alemanes llaman schadenfreude, esa alegría vergonzante que nos convierte en algo miserables. 


La fila se acaba y llega su turno. Un momento antes de iniciar la carrera, cree que puede suceder algo extraordinario, como que se suspenda la clase o que el profesor se lo piense mejor y cambie de actividad, pero nada sucede. Quiere correr rápido y decidido antes de llegar a la rampa pero siente que algo que no entiende tira de él…

*******************************




Quería escribir algo sobre aquellas clases de educación física de mi infancia, aquellas clases de gimnasia, que ni eran clases, ni eran de gimnasia.  Obró de percutor descubrir en  el pasillo de mi viejo colegio, el día que lo visité con motivo de las Elecciones Europeas, el que estoy por asegurar era el mismo potro de hace más de treinta años, el mismo jodío potro. Se conoce que es cierto lo de que antes se hacían las cosas para que duraran más. 


Hace un par de años, le dediqué un artículo a Don Luis, un maestro de aquella escuela, al que considero el mejor profesor que he tenido en mi vida. Responsable de mucho de lo que soy, de que aún hoy siga estudiando porque simplemente me gusta. Hoy, partiendo de la veneración al maestro, una de las figuras más infravaloradas de nuestra sociedad, vuelvo a aquellos años en un tono bien distinto.


Sé que la educación física era considerada como menos que nada, como casi una intrusa dentro de la enseñanza seria, sé que los responsables de las clases carecían de formación, pero aún me pregunto si nadie se paró a pensar qué sentido tenía la representación de aquella farsa, bien fuera en forma de partido de fútbol, bien en algo semejante a una escena como la que he descrito.


Ningún alumno  mejoraba o aprendía, nada contribuía al desarrollo físico o a la adquisición de algún tipo de destreza y menos aún se podía vislumbrar algo de lo bueno que entraña el deporte, cara a  convertirse en un saludable hábito de futuro.


Me costó muchos años saber que el deporte no se me daba mal y sobre todo, que me gustaba  de verdad; es algo que tuve que entender por mí mismo ya que tampoco mis siguientes entrenadores supieron sacar lo que yo llevaba dentro. 


Aquella mañana de elecciones fantaseé con recorrer a toda velocidad el largo pasillo central de San Francisco y saltarlo de una santa vez, liquidando para siempre todos aquellos fantasmas y agobios elevados sobre los cimientos de un gran sinsentido que un niño de doce años era incapaz de analizar con frialdad y tino.

miércoles, 23 de julio de 2014

GP Canal de Castilla, la yihad ciclista contra la dictadura de la maneta integrada


Supe de esta prueba hace un par de años. Más de doscientos kms., más de cincuenta de caminos, tomando como eje o motivo central de la prueba el Canal de Castilla y un reclamo: LA ROUBAIX CASTELLANA. 

Ese párrafo es droga dura  para un jaramugo en periodo de desintoxicación, más si el festejo es cerca de casa, una de las condiciones que más valoro últimamente.

Había que probar y tratar de encontrar algo de lo que se prometía; buscar algo de la esencia del deporte popular que muchos anhelamos, y que a menudo nos defrauda por el exceso de afán por la competición dentro de un mundo en el que, excepto cuatro figuras, todos somos una banda de aficionadillos, aunque a alguno le cueste admitirlo. 

Respecto al ciclismo, supongo que algún año volveré  a alguna marcha cerca de casa en el Sierra de Béjar o la Estrella, pero hay mucho dentro de ese mundillo que no me acaba de convencer, sobre todo en el tema actitud. Por ejemplo, tengo muy claro que nunca volveré a una Quebrantahuesos, aunque una de las cosas más bonitas que se pueden hacer sobre una bici es la ascensión al Portalet; a día de hoy preferiría hacerla en solitario, con amigos, o con futuros amigos. 

Pero, como iba contando, por la información y fama que me llegaba de la carrera, además de alguna referencia muy válida, GP Canal de Castilla parecía diferente, unido además el estímulo de conocer una zona cercana para mí desconocida.

Y he aquí, que todas mis expectativas fueron ampliamente superadas. 

Ya el ambiente me pareció diferente de entrada, cuando llegamos a primera hora  acompañados de otros miembros del equipo Biciteca: Sergio, Hugo, Manu y Dori Ruano; un honor compartir maillot con toda una campeona del mundo y España.

Manu, ya en vías de convertirse en una suerte de  iluminado gurú en el mundo del pedal –tiene hasta las trazas-,  traba conversación con unos y otros y me van llegando primeros retazos de conversaciones sobre ciclismo, que más tarde, durante el desarrollo de la carrera, me confirmarán el curioso pelaje de muchos de los ciclistas que hoy parten de Medina de Rioseco. 

Separo dos grupos a los participantes. Por un lado los de siempre, los de  la bici de carbono y el mucho correr –yo soy de los primeros, no de los segundos-,  por otro, unos tipos raros a los que cariñosamente rápidamente identifico como talibanes que son fácilmente reconocibles antes de escucharlos por su montura o  atuendo, resumible en una lista no cerrada de caracteres básicos: uso de bicis antiguas; muchos de esos hierros pesan el doble que mi bici, algunos de ellos cargados además con guardabarros, portabultos, alguna alforja, incluso algún curioso portabotes en el manillar, con ligero bote de metal claro. El verdadero talibán suele llevar un maillot antiguo, que recuerda a míticas fotos en blanco y negro en ascensiones de tierra, lo menos transpirable y más alejado del tejido técnico posible. Algunos no llevan culottes sino pantalones cortos más bien de calle –no sé si con badana-, incluso zapatillas de caminar normales. A estas alturas de la descripción, ya resultará obvio, pero efectivamente, un talibán no se depila. Por otro lado, sus conversaciones giran sobre  marchas y concentraciones ciclistas fuera de las comunes,  sino de un circuito paralelo de bicis clásicas. Como una pareja que llevo al lado va charlando de pruebas en Europa, le pregunto a uno de ellos si han corrido la “París-Roubaix” y me responde que no, que no existe de bicis antiguas, que sí ha hecho el Tour de Flandes con el trasto sobre el que pedalea, lo que me causa bastante más admiración que un “Top Ten” en Quebrantahuesos.

En cambio mi bici llama la atención por el lado malo, por lo buena que es. Una Cervelo P2 resulta demasiado ligera, vistosa y hasta cara para el cariz de la prueba. Además la llevo tal cual, sin ninguna modificación para adaptarme a las especiales características del recorrido, salvo cinta aislante cubriendo parte del cuadro para prevenir el daño que puedan hacer las piedras que salten del camino. Ni siquiera he puesto ruedas un poco más anchas o con algo de dibujo.

Respecto a la carrera, se conoce que la organización se ha vuelto más sensata y va sentando la cabeza lo que no sé si es buen o mal síntoma. Los 230 kilómetros originales se han transformado en 162, con algo más de 50 de caminos, con los que ya se queda uno a gusto, eso sí.

Llevaba algo más de un mes sin montar en bici, desde el Ironman, así que tenía muy claro que saldría tranquilo, a la expectativa de cómo respondía mi cuerpo y cómo me veía en los tramos de tierra con la bicicleta, sin descartar retirarme si veía que no me desenvolvía como debiera.

A pesar de que los primeros cuarenta kilómetros se desarrollan como marcha neutralizada, me sorprendió que, para mi gusto, quizá se iba algo más rápido de lo que yo deseaba, sobre todo a la vista de mi inseguro estado de forma, así que decidí integrarme en un grupo trasera que me llevaba como yo quería. 

Tuvimos suerte con el tiempo ya que amaneció nublado y no hizo nada de calor. En general, el recorrido de carreteras discurre entre dorados y agostados campos de cereal castellano, salpicados de pequeños bosques de galería junto a cursos de agua,  del ocasional amarillo del girasol, del morado del tomillo. Hechizados por las espectaculares montañas de fácil atracción, me llama la atención cómo me costó encontrar la fascinación por el punto de fuga de una carretera infinita, por el horizonte limpio de  la inclemente meseta, por esos duros y pequeños pueblos reacios a desaparecer,  reunidos junto a sus viejas iglesias, recios y resistentes como sus habitantes, hechos al viento, al sol y al hielo. Hoy más que nunca me siento hijo de Castilla, pero me costó encontrar mis señas de identidad. 

Alrededor del kilómetro noventa entramos en el primer tramo de caminos. Durante la marcha me explicaron que lo que llaman sirgas son los caminos que discurren junto al canal, que en origen fueron utilizados por las gentes  para transportar mercancías en burros y mulos. 

Sé que la primera toma de contacto con los caminos es importante. Entramos con precaución y circulamos despacio. Tal y como recomendaba la organización, llevamos muy hinchadas las ruedas para prevenir pinchazos, aunque con tanta piedra, parece imposible librarte. De hecho, empezamos a adelantar a ciclistas reparando. Con el tiempo, nos comienzan a adelantar a toda velocidad participantes más bregados en el asunto, con  peores bicis, pero mejor preparadas. Y como el que no quiere la cosa, comenzamos a acelerar, llegando una velocidad bastante digna. Especialmente en el segundo tramo importante, de casi quince kilómetros, acabo detrás de Manu circulando a en torno los treinta kilómetros por hora, hecho ya al tembleque, pendiente siempre de los baches más pronunciados, doloridos los brazos y agradeciendo ser de los que llevan dos cintas en el manillar. Salimos al asfalto excitados,  con una gran sonrisa en la cara comentando lo alucinante de la inesperada experiencia. 

Alrededor del Km. 100 subimos en grupo el Alto de Autilla, una pequeña tachuela con buen asfalto que se hace algo de más de dura por el molesto aire en contra que, excepto en los tramos de tierra, nos seguirá castigando hasta meta.

Arriba esperamos a Sergio, que ha tenido que hacer una inaplazable parada “técnica”. Sergio es montañero y nunca ha hecho esta distancia en bici; valiente, no ha elegido mala cita para debutar. Desde aquí hasta meta le echará coraje para terminar.

Hugo es el más fuerte de todos y se encarga de conducirnos en esa dura tarea que es bregar con los interminables kilómetros de las rectas de carretera castellanas contra el viento. Me empiezo a notar cansado, renuncio a dar más relevos y tiro de mi primer gel. En esta última parte es cuando se concentran la mayor parte de caminos A medida que nos acercamos a meta, la lluvia que ya había aparecido esporádicamente, comienza a arreciar. 

Ya hace tiempo que los tramos de tierra los afrontamos con seguridad y convicción, pero el agua va deteriorando el estado de los caminos y hay que ir con tiento. La carrera se convierte en algo muy distinto  en un tramo con repechos de tierra arcillosa de unos ocho kilómetros. La bici patina continuamente, las ruedas se bloquean por la acumulación de tierra junto al cuadro y la horquilla, el emisor del cuentakilómetros queda sellado por el barro, no consigo enganchar las calas, tengo mi primer y único pinchazo. En fin, una batalla de las de contar, sobre todo por ir con una bici de carretera.

Al final, todos conseguimos salir vivos y encaramos el último tramo de trece kilómetros y medio hasta meta junto al canal, con más piedras, muchos charcos pero piso más estable. Superamos los charcos a toda velocidad, rezando para que en alguno de ellos no haya un hueco u obstáculo demasiado grande y alguno clavemos la rueda. En una de ellos, Hugo se va al suelo por la acumulación de barro. Bueno, en GP Castilla, al menos había que tener un pinchazo y una caída y ya hemos cumplido.

El Canal de Castilla es una obra de ingeniería promovida por ilustrados españoles en el S XVIII para ser utilizada como vía de comunicación y transporte entre la meseta castellana y leonesa. Tratando de fomentar el desarrollo de la zona, fue utilizada para la navegación, el regadío, la pesca o como fuerza hidráulica. No conocía nada del paraje y de verdad que estos últimos kilómetros, bajo los árboles de su ribera, castigados por una lluvia torrencial que proporcionaba a la estampa un halo aún más romántico, con unos locos ciclistas en el papel de intrusos. Me sorprendió la belleza del paseo junto a la vía de agua jalonada de esclusas. Como que ya he decidido organizar alguna jaramugada para recorrerlo corriendo en algún reto que se irá definiendo con algo de información. 

Magnífico final para una prueba de la que me gustó todo, hasta el hecho de que no haya clasificaciones ni premios. Tras esperar a Sergio en meta, entramos en meta sonriendo, como no podía ser menos y pensando en volver, aunque esta vez con mi vieja Razesa, con mi abandonado maillot del Ariostea.

“¡¡YO SOY ESPARTACO!!”
















lunes, 14 de julio de 2014

Travesía Upstream valladolid: porque también se sufre para llegar el último.

 


Puesto 67 de 69.  Supongo que alguno se retiraría, pero no creo que llegaran ni a cinco. Se trataba de mi debut en un travesía, en una competición solo de natación, para intentar completar los cinco kilómetros en el Pisuerga de que constaba la prueba, una distancia que nunca antes había intentado.Me enteré de la carrera un poco por casualidad, con un anuncio en la televisión de Castilla y León y decidí apuntarme de inmediato; me atraía el reto.

Me gusta nadar, sobre todo en río y, al igual que a pie a bicicleta, me tiran las grandes distancias aun teniendo que iba a llegar de los úlitmos. Soy consciente de que no sé nadar bien -algo que se aprende de niño y cuyos vicios cuesta demasiado subasanar años más tarde- y de que apenas entreno.


El último día que había nadado este verano fue en la natación del ironman del 15 de junio. Ya no quería volver a ponerme el neopreno para nadar en el río, pero como el verano no acababar de llegar, el agua seguía estando helada y el 12 de julio, día de la prueba, ya estaba ahí, no quedó otro remedio. Volví a mis entrenamientos el miércoles con un plan de tres muy claro que cumplí a rajatabla: miércoles: 2 kms.,  jueves: 3 y viernes: 4 kms -aunque la natación no es un deporte agresivo, sobre todo en la forma que la practico yo, seguro que este último fue demasiado para  un día antes de la prueba-.

Éramos pocos el sábado. Hacía calor y el agua estaba fenómena, mucho más caliente que la de nuestro río, donde después de una hora, salías con las manos y los pies dormidos. También bastante más sucia la de Valladolid-allí sí que no se intuye absolutamente nada con las gafas-, aparte de esos esporádicos olores a gasoil y demás que te venian de vez en cuando.

Yo tenía muy claro mis ritmos y poco me importaba el resto de participantes. Empecé a cola y por lo visto,  ahí seguí hasta el final. Se comienza corriente a favor. Tenía la referencia de los tres puentes hasta el giro.  Me he encontrado bien, yo creo que hasta iba más rápido de lo que yo tenía pensado en un principio. Al llegar al punto de giro, comienza lo más duro, 2.500 metros continuos contra corriente. Como apenas tengo entrenamiento, mi idea era llevar un ritmo asumible porque esperaba que en el último tramo, probablemente llegaría esa desagradable sensación  de no tener apenas fuerza para tirar del agua además de los previsibles calambres en las piernas.

Aunque ciertamente se me hizo bastante más largo el recorrido inverso de vuelta hasta la salida y meta -donde hay un avituallamiento del que me da que nadie hizo uso-, yo seguí a lo mío, sin sofocarme y tratando de guardar algo para el final. Quiero llegar a la hora nadando y a partir de ahí,  solo se trata de restar, ya que tengo pensado hacer alrededor de dos horas, probablemente algo más por el cansancio acumulado. Supongo que al paso por la salida se retiraría alguno que llevara detrás porque poco después se me coloca una piragua a mi lado, sin que yo en ningún momento piense que voy el último. Por mi experiencia en los triatlones largos, siempre queda gente peor que yo; además me da la impresión de que no lo estoy haciendo mal. Lo bueno de nadar en río son las continuas referencias que manejas como edificios, árboles, puentes, embarcaciones... Si a mí hasta me parece que voy "embalao" y por ahora sin asomo de agotamiento. La parte que más cuesta arriba se me hizo fue la final antes del giro; no creía que había tanta distancia entre el último puente y la playa de la Morera.  Después he escuchado en declaraciones de los ganadores - de la selección española de aguas abiertas; por lo visto, la chica subcampeona del mundo y campeona de Europa-, que río arriba hay que ir pegado a la orilla para evitar la corriente - bueno, pues para otra vez, ya lo sé-.

Bien, los puntos de giros están marcados por unas boyas con la bandera española. Cuando por fin llego, veo al hombre que está en la zodiac que justo al pasar yo, agarra la bandera y la enrolla. "Ahí va... me digo: esta vez, sí que soy el último". No es algo que me altere  porque voy animado pensando que lo voy a conseguir -primer objetivo- y que de hecho, lo estoy haciendo bastante mejor de lo esperado... pero el prurito es inevitable. 

He llevado un par de nadadores durante toda la travesía como a 25 metros -los únicos que veo cerca- y me digo que hay que cogerlos y allá voy. Comienzo a nadar más rápido, tratando de hacerlo mejor, satisfecho porque todavía tengo margen para ello hasta que los alcanzo. Cuando los cazo, pienso que ya está, que los pasaré y allí se quedarán, que seguro van más fundidos que yo. El caso es que cuando advierten mi presencia, se enganchan y ahí vamos los tres, peleando por la gloria de no ser el último. Hace un rato que no puedo mover las piernas porque tengo serios amagos de calambres, que me han dando un buen susto cuando en una ocasión, saqué la cabeza para ver cuándo faltaba. La verdad es que río abajo se va mucho mejor y me maldigo por no estar disfrutando realmente de mis últimos metros y tener que estar compitiendo a lo tonto por algo que no significa nada o que no debería significar nada para un hombre de casi 44 años. En fin, después de insistir y porfiar,consigo despegarme para sacarle al gallego 6 segundos, al madrileño, 9 para hacer una 1:50 minutos, lo que de verdad me sorprende y me deja muy contento.

A todos nos pasa, queremos ser de una manera y después la tozuda realidad y lo inevitable de nuestra reacciones más oscuras y emocionales,  trastocan nuestros planes. Después he pensado que si fuera como yo quiero ser, debería haberme ahorrado ese final apretado que para mí, poco ha de significar para cómo yo entiendo el deporte, que deberia haber entrado el último de verdad, que al menos debería haber dejado al chaval que no llevaba neopreno delante de mí, porque tiene mucho más mérito lo suyo. En fin, para la próxima tal vez sepa juzgar las situaciones con más frialdad y tino; cuando sea más viejo, más sabio y sepa entender el verdadero valor de las cosas que importan.

Del balance de la prueba, muy contento porque ya tengo una mierda de marca en 5 kms. y sé que lo puede hacer bastante mejor si entreno -para evitar calambres y demás; de aburridos ejercicios de técinica sí que paso-, y me decido a sufrir algo más durante el desarrollo de una larga travesía. Es una pena que no haya más pruebas de este tipo en ríos, embalses o lagos cercanos porque casi todas las pruebas se desarrollen en la costa. Sobre todo me gustaría subir la distancia y llegar algún día a los 10 kms. Supongo que para eso habrá que preparar alguna jaramugada en Irueña y habrá hasta que comer para hacer más de cuatro horas nadando. 

La natación es un deporte que a la gente le impone bastante, más esa distancia -había otra prueba de 2 kms con tampoco mucha participación.-, para que se decidan a lanzarse; es una pena porque la verdad es que es bonito nadar al aire libre, se disfruta de una forma especial el entorno. El viernes leí que el tiempo de corte en Valladolid era dos horas treinta minutos, con cuarenta minutos de margen después de mi entrada. Seguro que mucha gente más se podía haber animado pero hay mucho miedo. Tal vez con el tiempo se pierda, como le pasó un poco al triatlón. Si al final esto es menos serio de lo que parece.

En fin, que esto es como el chiste que cuenta Víctor de aquel que le encantaba jugar al póker y perder. Ganar ya debe ser la leche. Pues algo así me pasa a mí, que no consigo perder esa sensación cuando salgo en los triatlones largos del agua y casi me digo: "¡Hey, fenómeno, Abelín, has nadado dos, tres, cuatro kilómetros y no te has ahogado!". Supongo que cuando me abandone esa boba satisfacción y piense más en el cronómetro, me habré convertido en triatleta, pero es difícil olvidarse de aquellos tiempos en lo que primero que veía en un reglamento de triatlón de larga distancia era el tiempo de corte en la natación. Los jaramugos, a pesar de nuestro nombre, somos más jumentos que peces, sobre todo porque somos algo tercos y aunque hacemos de todo y todo mal, tenemos claro que no cabe arrepentirse de haberlo intentado. Y como hoy, nos gusta volver y contároslo.

domingo, 6 de julio de 2014

Consejos para sobrevivir




Leyendo un par de libros de Enrique García Guerreira, un escritor de Aldea del Obispo ya fallecido -me comentó Tomas que fue general, lo que de verdad me sorprendió-, me impresionó el extraño inicio de "El continuo ir y venir de la hormigas", un libro cuyo tema viene a ser el odio, sea cual sea su procedencia. En el capítulo que comparto descoloca el tono aséptico del tratamiento para una materia tan terrible, lográndose un efecto extraño, entre el espantoso y lo trivial  

CONSEJOS PARA SOBREVIVIR

FLORENTINO

Escucha bien, Florentino.  No tienes que adivinar cuándo va a sonar el primer disparo, sino actuar cuando suene; a partir de ese momento hay dos posibilidades: o lo hacen como deben, es decir, uno de ellos da la orden, la voz de fuego, y entonces el resto empieza a disparar; o bien empieza uno o varios y los demás los imitan. Todo el éxito del plan consiste en que te dejes caer al sonar la voz o el primer disparo, te den o no. Si te alcanzan, no hay problema: te caes solo, y lo que venga después no importa. Pero si no te hieren o te hieren levemente, te dejas caer y permaneces encogido en el suelo; pero entonces es más difícil que te den, que hagan blanco, pues, con la luz difusa de la luna, el nerviosismo, la menor superficie que presenta tu cuerpo tendido en su dirección –pon atención a esto, cuando te dejes caer no lo hagas cruzando el cuerpo, ponte perpendicular a la línea de tiro- es más difícil que te den. Precisamente entonces es cuando debes rodar hacia el hoyo. Si lo consigues, empiezas a estar a salvo. 

Cuando dejen de tirar, cogerán los cuerpos de tus compañeros e irán arrastrándolos hacia el hoyo. Los cuerpos caerán sobre ti. No suelen dar tiro de gracia… Y, aunque lo hagan sobre alguno de los otros, no creo que se molesten en dártelo a ti, que estás quieto, muerto, en el fondo del hoyo. Te caerán los cuerpos encima. Procura arquear el tuyo para hacer, después, una especie de cámara. Luego, ponte de lado. Cuando empiecen a echar tierra cierra bien los ojos y protege la boca y la nariz con la tela de una camisa o de un pantalón. No pierden el tiempo en llenar del todo el hoyo, echan solo la tierra suficiente para cubrir los cuerpos de arriba. Cuando dejes de oír el golpe sordo de las paletadas, puedes empezar a intentar salir. 
      - ¿Enseguida?
- Enseguida. Ellos se irán en cuanto echen la última. No estarán allí ni un segundo más. Siempre les entra una prisa loca al final. Empieza a clarear el alba, la tapia fosforece a la luz de la luna, se ha hecho un silencio total, huele a muerte, sus manos están manchadas de tierra y de sangre, tienen que irse, todo ha terminado allí, han cumplido con su deber, pero ahora la euforia de la llegada, de los preparativos, de la ejecución,  ha pasado y el deber no está tan claro, desde un rincón de cada una de sus conciencias se levanta una voz que es cada vez más alta, hasta que es un grito; no es tan cierto, ni mucho menos, que haya que eliminar a todos los que no piensen como nosotros, no es tan seguro que tengamos derecho a matarlos, vamos, deprisa, vamos, toda la noche sin dormir y la otra y la otra…

Y empieza a amanecer. Aquí, en España, empieza a amanecer. Así que tienes que darte prisa, para poder salir antes de que sea de día, la media luz del alba es la más propicia, aunque estarás solo, nadie se acercará por allí, si acaso algún perro. Si has conseguido hacer la cámara que te dije, te sobrará aire para respirar durante el tiempo que tardes en salir. Y ¡atención!, acabo de decirte que hay que darse prisa; no me desdigo; pero quiero decir prisa en el sentido de no perder el tiempo, no de precipitación. Una prisa calculada, lenta, precisa. Tienes que abrirte camino entre ocho o diez cuerpos que están encima de ti y entre la tierra con la que los han cubierto.  Trabaja de lado, de costado, con la cara vuelta hacia abajo. Los ojos, siempre cerrados. Primero tienes que liberar los brazos encogiéndolos y estirándolos, haciendo presión con los codos y las manos. Mantén, por ahora, quietas las piernas. Primero tienes que liberar los brazos. Con calma, empujando solo sobre uno de los cuerpos que tienes encima, el de la derecha o el de la izquierda, aquel que veas que cede mejor, que puedes desplazar más y con más facilidad. Empújalo, empújalo. Al mismo tiempo, vete levantando las rodillas para que el que está arriba, encima del que has desplazado, no se deslice, en todo en parte, para ocupar su hueco. Tantea, antes de cada movimiento, la posición de los cuerpos. Busca las cabezas, que pesan más, las piernas y los brazos, que pueden trabarse. La tierra que vaya cayendo, apriétala contra la tierra, vete metiéndola debajo de tu cuerpo. Deprisa, levántate, no desesperes, no te pongas nervioso.  Sobre todo no pienses. Tú, a lo tuyo. Ya pensarás después, ya temblarás después. Ahora a lo tuyo. Has subido un escalón, estás, como si dijéramos, en el segundo nivel. Seguramente ya no tienes más que una fila de cuerpos encima, tres o cuatro. Y, sobre ellos, veinte o treinta centímetros de tierra.  Ánimo. Deprisa, pero descansa, no te agotes. Vas a salir, seguro. Es una cuestión de paciencia, de tiempo y de método. Quita tierra, empuja, más, con cuidado, sécate las manos, la tierra y la sangre se te pegan, es como si tuvieras puestos unos pesados guantes, como si las tuvieras hinchadas, límpialas, sigue así, despacio, cuidado con la tierra que cae, mantén cerrados los ojos, protege la boca y la nariz, despacio, deprisa, despacio, empuja, despacio. No pienses. Sí, ya habrá salido el sol, pero no te preocupes, no habrá nadie, nadie. Nadie va por allí, ni de día ni de noche desde que empezó esto. Solo ellos y vosotros. Y ellos se han ido. Ya están en la cama intentando dormir. Tú también tienes sueño, no has dormido esta noche, ni anoche, ni antes de anoche.  Pero no te hace falta intentar estar despierto, estás despierto, estás más despierto que nunca has estado, aunque tengas los ojos cerrándose y estés cansado, cansado… Continúa, ya no hay ningún cuerpo encima, solo tierra. Mete la mano en ella, escarba, sepárala, déjala caer; ves, va llenando los huecos, saca la mano, es el frío del amanecer, el aire sobre la piel mojada. Ya está. Ahora tienes que ir agrandando el agujero, mueve la mano hacia los lados, hacia atrás, hacia adelante, como si remaras. Saca la otra también; separa y junta los codos, así. Ízate un poco, mueve el cuerpo a derecha y a izquierda para que se deslice la tierra, empuja hacia arriba, flexiona las piernas, arriba, abajo, uno, dos, así, despacio, descansa, respira, no, no abras los ojos todavía. Apóyate en los cuerpos de al lado y en los de debajo, empuja, empuja, quieto, quieto, ahora, emerge, surge, sal: ya está. Límpiate las manos, luego la cara, no abras los ojos de repente, poco a poco, mira la luna, no, es el sol entre la bruma del alba, blanco y ocre; no mires al sol, no mires nada, mira las copas de los cipreses, verdes, altas, y al cielo; descansa, no llores, descansa, escupe, límpiate mejor las manos y la cara, descansa, mira al cielo, yérguete, estás vivo. Levántate y anda.