miércoles, 17 de diciembre de 2014

Preparados para ser lo bastante Jumentos.



"¿Hay acaso animal que al hombre sirva
con más utilidad, con más esmero?
Es el asno sufrido, infatigable;
Es de paciencia singular modelo:
Ni afán, ni gasto, ni cuidado exige:
Sobrio en extremo en su frugal sustento:
Tan útil para el hombre con albarda
como sin ella, cincha, ni aparejo:
Y sin gastar en él peine ni esponja,
le sirve sin herrarle, y pelo a pelo.
Y si el amo cruel le mata a golpes
¡Qué lecciones nos da de sufrimiento!...
Callando aguanta palos y puñadas;
Callando sufre garrotazos recios:
Sin renegar del hombre, su tirano
Sufre callando, y nunca atrevimiento
ni aún de quejarse tiene. La paciencia 
es don peculiar de los JUMENTOS!"

(José Joaquín Pérez Necochea)

Gracias, Chete, por el regalo. Digo yo que al final habrá que hacerse con el libro, aunque vale 31 euros y tiene 612 páginas. Podemos repartir, euros y perras. 

domingo, 14 de diciembre de 2014

El arca del "casé"


Hace unas semanas compartí en facebook que a cuenta de la gran reorganización de la cochera, decidí tirar cientos de cajas y bolsas de aperos y achiperres que había ido acumulando con los años y que, reconozcámoslo -a Susana, claro-, no servían para nada. Entre ellas, dos enormes cajas de cintas de casette que desde demasiado tiempo, no hacían más que criar polvo. No sé si fue deliberado o inconsciente, pero el caso es que dejé para el último viaje previsto a los contenedores, el de las cintas. Justo antes de cogerlas, abrí las cajas y a la vista tantos títulos reconocibles al instante, rapído viaje al día que llegaron a mi vida, a las semanas o meses que las disfruté, me sentí algo culpable y decidí aplazar la ejecución. Tras desesperado llamamiento, finalmente se las quedarán unas amigas -aunque creo que no se imaginan la cantidad que hay-, mas decidí quedarme unas cuantas, testimonio de mis despertares, de los inicios de una afición pasión muy importante en mi vida, responsable de mucho de lo que soy. 

No fue fácil la elección. Las cintas retratan los ochenta y  noventa. Las he elegido, más que por la calidad de su contenido, por mi especial vinculación con esas cintas, por la ilusión que me hizo conseguirlas, por tantos buenos ratos que me hicieron pasar, por estar soldadas a etapas o personas de mi pasado, aunque a alguna de ellas hoy no dedicaría atención alguna, al juzgarlas y sentirlas desde otro punto de vista distinto, el que da más conocimientos y sobre todo más experiencias, nunca la atalaya definitiva, por cierto.

Hay dos casos especiales, dos cintas con asterisco: la grabación que me preparó Julián de "Honey´s Dead" de The Jesus and Mary Chain con el logo de su bar "El Gato Negro"que me hace ilusión conservar por los buenos ratos que allí pasamos, tal que locos chavales de veintitantos, y "Mistrial", probablemente el peor disco de Lou Reed, ya que, hablando en propiedad y de propiedad, esa cinta es mía y de Carlos, un amigo, aunque, dado el tiempo transcurrido, tal vez ya la haya adquirido por usucapión -tengo que revisar los plazos para bienes muebles-. Si no me equivoco, esa cinta pedida al Discoplay,data de 1986 y refleja mejor que nada la incipiente pasión de dos chavales con cuatro perras, esperando un par de semanas por probablemente el disco más decepcionante de sus vidas. Recuerdo darle vueltas y vueltas y no hallar traza alguna de que el autor de esa basura fuera el mismo de "Rock and Roll Animal" y "Transformer", los únicos discos que por entonces habíamos escuchado de Lou en una cinta de Fernando, el hermano de Carlos. Entonces, tanto la ilusión como la decepción son algo más puro, eleva o golpea con más fuerza. Es la inocencia, esa que con el tiempo se nos va cubriendo de la costra protectora formada por todas las cicatrices de cada herida. 

Vale.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Siniestro Total: "Que parezca un accidente"


Después de ver el documental de La Banda Trapera, decidí enlazar con otro emparentado que tenía apuntado hace tiempo. "Que parezca un accidente" se estrenó con motivo de los 25 años de vida de Siniestro Total. No es tan bueno como el otro pero es interesante y entretenido. Básicamente es una recopilación de actuaciones, grabaciones y declaraciones de miembros del grupo. Valor histórico innegable, sobre todo para los fans de la banda. A mí, que hay cosas suyas que me encantan y otras no tanto, me gustó este repaso al rumbo de un importante exponente de la historia del rock nacional, que basculó desde el punk más gamberro y descarnado inicial -glorioso Coppini en esas primeras actuaciones-, al rock and roll más clásico, con influencias funkies, reminisciencias de los sonidos ochentas -que envejecen mal- o el blues, que al final parece que es lo que más les tira. Eso sí, todo su cancionero traspasado de parte a parte por su peculiar visión cachonda y la mala baba de muchos de sus mensajes. 

Detrás, una de esas mentes preclaras de la música española, Julián Hernández, al que gusta siempre escuchar charlar, sea sobre música, o sobre la vida misma; al que siempre emparento con Jorge Ilegal o Josele Enemigo por esa lucidez cínico- amarga de media sonrisa -a Loquillo le gustaría formar un póquer pero se toma demasiado en serio a sí mismo-.
 

martes, 9 de diciembre de 2014

La Banda Trapera del Río, nacidos para perder


Desde chaval vengo leyendo en revistas de música referencias a La Banda Trapera del Río, cuyo contenido bien podía resumirse en que se trataba de uno de tantos grupos malditos que teniéndolo todo, se le cruzó la mala suerte para no conseguir lo que se merecían, un reconocimiento a la altura de su talento, más allá del de los más o menos enteraos o militantes; esa fama y dinero que sí alcanzaron otros haciendo menos méritos.

Muchos años después, gracias a internet, he podido escuchar las canciones de su primer disco y efectivamente me parece un trallazo de aúpa. Un cajón de rock mal encarado donde se mezclan más ingredientes de los que suponía. Sí, está el punk, pero también, garaje protopunk o ecos del rock duro más clásico. Respecto a mensaje, ideología, o actitud estético-vital, lo previsible: provocación de manual a saco, donde se unen la clásica contestación frente a un sistema político y cultural que oprime a una banda de chavales en efervescencia. Ese mensaje contundente, procaz, soez, blasfemo, ha de incomodar a una España recién salida de cuarenta años de falsas filas prietas a la fuerza . Pero ojo, su actitud no es impostada, como la de un intelectualillo rockero como Ramoncín, que fue el primer referente que me vino a la cabeza al escuchar la primera canción: "Curriqui de barrio".  Ramoncín -por cierto, con parte de a cancionero muy reivindicable, a pesar de ser hoy un apestado cultural tanto para los "buenos" como por los "malos-" podría cantar "Ciutat Podrida" pero nunca pasaría de simple ejercicio de estilo,  ya que los Traperos fofografían su vida, la de una Cornellá que a finales de los setenta, es un verdadero agujero de leprosos incurables de los peores males, los del desempleo, la violencia y al fin, la miseria.  

Hace unos días vi el documental "Venid a las cloacas. La historia de la Banda Trapera del Río", basado en el libro de la gran pluma rockera de Jaime Gonzalo, "La Banda Trapera del Río: escupidos de la boca de Dios", y entonces todo se presentó muy claro. Sí, ahí estaba la mala suerte, pero al final no triunfaron porque, en pocas palabras, estaban como cabras; porque sí, estaban la violencia, las drogas, la lucha de egos, los errores de estrategia comercial y meteduras de pata antológicas graciosísimas emparentadas con las aventuras en Madchester de los chalados Shaun Ryder y los Happy Mondays. Pero esa tendencia autodestructiva ha sido el pan nuestro de cada día en muchísimas bandas de rock que finalmente tiraron para delante, a pesar o gracias a ella, ya que muchas veces acabaron otorgándole un plus importante, el de la leyenda. A estos catalanes les quedó la leyenda pero ni un euro. Ni siquiera su último intento de sacar algo en claro, "Directo a los cojones", funcionó. Por el año de edición, 1994, lo interpreto como  reivindicación de la parte del pastel  que les correspondía por su ascendiente sobre las bandas del bendito rock urbano -reconozco que para mí, salvo excepciones, un gran desconocido-, puede que el único verdadero rock vivo en este país, si tenemos en cuenta su principal seña de identidad: la del desprecio mutuo entre su música y los canales comerciales. Un último grito de que el rock no se vende, de Extremoduro a Reincidentes. 

Si os interesa el tema, reservad  una hora para el documental. Os garantizo que estos chalados os harán pasar un buen rato. Hay anécdotas descacharrantes.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Primera persona del plural


 
El hombre no solo necesita al otro, necesita al grupo, necesita sentirse parte de algo, quiere se le acoja bajo el manto de una bandera, un nombre, unas siglas cuyas señas de identidad  han de ser inmaculadas, testimonio de su fortaleza, la de él,  la del grupo, sea un equipo, un partido,  un país, un credo, al fin. 

Solo el individuo tiene capacidad para ser responsable; la organización, como tal, no dispone de esa facultad ya que en los mecanismos de formación de su voz y voluntad, siempre se encuentra el hombre. Sin embargo, asumiendo la ficción de la personalidad del grupo, cuando este exonera de responsabilidad al culpable u oculta conductas punibles buscando un fin que es reconocido, tácita o expresamente, como superior, sea el del grupo o el de la sociedad entera, o la simple perpetuación de su poder, no solamente se convierte en una conducta siempre reprobable éticamente, a veces penalmente, sino que todo ese proceso implica  un error de comprensión, una interpretación equivocada del instinto de supervivencia aplicado al colectivo.

El error de base es el de creer que la fuerza del grupo, de la asociación, de la institución u organización descansa en la imagen que se proyecta, no en la realidad, pero los hechos son tozudos y se engañe o no al otro, la falla sigue estando ahí. Dada la sobreexposición actual, el ruido de fondo que no cesa, quizá solo se busque la artera confusión de voces, casi todas militantes, casi todas interesadas. Nos basta con defender  nuestra verdad, no la verdad. Pero la realidad siempre llegará para cobrar deudas, y siempre con intereses.

Es entonces cuando a veces se rompen las costuras y se pretende cumplir con el deber, con nuestra responsabilidad, siempre gritando muy alto, claro. Es ahí cuando nos toca asistir al espectáculo de lo grotesco, como el de un arzobispo sustituyendo su deber  con las víctimas de lo aberrante, contraviniendo sus normas y mensaje, por un gesto que ahora solo puede sonar vacío, el de humillarse antes el altar. O al espectáculo de lo descacharrante como la comparecencia de toda  una abogada del Estado disertando sobre contratos en diferido, para siempre en la antología del disparate.  Al espectáculo de lo  esperpéntico, tal que la dimisión menos dimisionaria que se haya presenciado, con en el mamarracho de show de Magdalena Álvarez atizando rabiosa, esquivando razones y al mismo sentido común. Al espectáculo de lo triste en esas defensas por encima del bien y el mal a algún deportista español tramposo porque sí, porque es español y nosotros lo valemos, en lugar tratar de castigar y evitar comportamientos que ningún triunfo puede justificar. 

En Alemania han dimitido ministros y hasta un Jefe de Estado por motivos que, dado nuestro creciente umbral de lo tolerable, aquí apenas serían noticia. Aquí una ministra ha estado a punto de aguantar una legislatura entera sabiéndose sin lugar a dudas que se había beneficiado de una red corrupta; el hecho de que lo supiera o no debería ser irrelevante si hablamos de su idoneidad para ocupar un ministerio.

El vendaval que ya sopla, que retumba a lo lejos y  amenaza con hacer saltar todo por los aires en noviembre debiera tomar nota y no actuar tirando del manual de siempre, como se ha hecho en el tema Errejón porque al final, la verdad es que yo, dado lo intercambiable de actitudes y argumentos, no sabía si estábamos hablando de los viajes de Monago o de un beca, y me quedo sin saber a qué coño iba Monago a Canarias –nunca mejor dicho-, o si Errejón hacía algo más en la universidad aparte de trincar pasta.

Todos sabemos que dentro de las organizaciones siempre hay miembros “díscolos” que reniegan de este proceder, que protestan, pero  no nos engañemos, se ve mal al que disiente de la respuesta oficial. Al final creo que todo viene de esa tara atávica de nuestra democracia: la de mal tolerar al que opina distinto, al ajeno por obtuso, al propio por traidor; siempre tan prestos a tirar de drama y por la tremenda, cuando la exposición de ideas distintas sobre asuntos públicos entre ciudadanos, debiera ser el humus normal en el que se desarrollase una democracia seria, civilizada, fuerte.   

Si partimos de corromper en su acepción de pudrir, en un organismo vivo, el  miembro que es –la mancha- o pudiera ser  -la sombra- huero, ha de ser extirpado para adaptarse y seguir adelante más fuerte y capaz. Y ese proceso se ha de hacer sin alboroto y en silencio porque no cabe otra, porque ser voz y mando de la ciudadanía requiere integridad absoluta para ser legítima.

Sé que no es fácil, más partiendo de donde partimos. Se ha de ser valiente para renunciar al compañero, para criticarlo, para apartarlo. Puede que de ahí mi falta de fe, mi cobardía, mi incapacidad para formar parte de organización alguna salvo un pintoresco club deportivo sin actas, registros o cuotas.

Vale.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La piel de Nick Drake


Ayer compartía en facebook un artículo de El Mundo a cuenta de los cuarenta años de la muerte de Nick Drake. Allí se mencionaba un documental: "A Skin Too Few". Por la noche lo vi y ahora lo comparto.

Sin disponer de imágenes grabadas, ni entrevistas ni conciertos, no deber ser fácil fabricar una documental de casi una hora.  Tirando de testimonios, imágenes y lo más importante, su música, se construye un homenaje cuidado y acorde a la especial naturaleza del personaje.

No se desentraña el misterio de un espíritu sensible, vulnerable, cerrado,  perfeccionista, enfrentado a un mundo que ni comprendía ni le entendía, puesto de manifiesto en esa tentativa de gira por locales ingleses, bruscamente malograda con muchas de sus esperanzas, al ser incapaz enfrentarse a un público que no guarda el debido respeto y silencio ante una obra delicada que requiere atención plena.

Tres discos maravillosos, un legado que como el de tantos artistas únicos e incomprendidos, no deja de crecer, cerrado con una frase final: "No tengo más canciones".

Suicidio o accidente, poco importa. Todas las razones están ahí, en sus canciones.


viernes, 21 de noviembre de 2014

De repente Abril (III): "Todo cede, todo fluye"




DE REPENTE ABRIL (III): “Todo cede, todo fluye”

TRIBULACIONES DE UN PADRE PRIMERIZO

(Se reitera ADVERTENCIA: Material inflamable. Si te exasperan los niños o aún peor, los padres hablando de niños, sentimiento muy comprensible y razonable por otra parte, mejor no sigas leyendo)

Fueron algo más de seis meses la condena en celda de las que hoy abundan, las de  los peores barrotes, los que no se ven;  seis meses en el paro, seis meses estudiando, seis meses solo estudiando. A toro pasado, esa siempre amenazante pena del desempleo se volvió bendición porque mejoró y consolidó mi condición laboral, porque se me presentó la oportunidad de demostrarme a mí mismo que por fin volvía a estar preparado para vencer en una lucha pendiente desde antes de mis íntimos y largos años de la peste; pero sobre todo, será una etapa inolvidable de mi vida porque disfruté del privilegio de ser  el testigo  siempre presente, de los primeros meses de vida de mi hija, de sus primeros despertares y sonrisas al verme asomado a su cuna.

Cientos de horas estudiando apelmazadas, solo divisibles, distinguibles por cada descanso, por cada visita a la habitación de Abril o la furtiva mirada a un rincón del salón donde la adivinaba alerta. Una extraña ventana imaginada que convirtió mi raro verano de poco aire libre en el más luminoso y feliz de mi memoria. Reconozco que a las puertas de los exámenes, perdí  atención real y, en cierta forma, solo buscaba en mi hija, una insegura y falsa  vía de escape a momentos de tensión insoportable por todo lo que me jugaba. Pero hoy, cuando en el despacho, a eso de las once, pienso que Abril se estará despertando y que no seré yo el que la vista y le dé el biberón, lo añoro  de veras. A medida que me alejo de todo aquello,  cuando la creencia de  escuchar el eco de algún sonido semejante a su gañir, es desmentida por la certeza de que Abril se encuentra a muchos kilómetros de mí, se valora más lo especial e inmerecido de aquellas semanas. También hay que encontrarle el lado bueno a perderla de vista unas horas: al no ser capaz de memorizar fielmente  su menuda y preciosa carita, su risueña expresión, parece milagroso sorprenderme al verla de nuevo al llegar a casa.

Ya son más de seis meses en el cargo, me estoy convirtiendo en veterano o al menos ya no soy novato. Imparto consejos o expreso opiniones a padres de niños más pequeños que Abril con suficiencia, sobre trucos o formas de enfrentarse a problemones o problemillas. Cuando rato después  me vuelvo a escuchar a mí mismo, no puedo evitar sentirme algo ridículo. Pero algo sí es cierto, a veces me refiero a Abril diciendo “cuando era pequeña”. Porque ahora Abril es mayor, mayor que antes, y Susana y yo comenzamos a recordar el principio, etapas que ya no volverán, como imagino, siempre será a partir de ahora. La tengo en brazos, sé que no es demasiado bueno, pero me gusta tanto y queda tan poco… Creo que es algo que recordaré siempre, bien podría ser lo último que recuerde antes de marchar. Mientras la aprieto entre mis brazos una instantánea recurrente: ella riendo, su cara muy cerca y cogiendo mi cara con sus manitas. No acierto a encontrar un recuerdo más valioso que ese. ¿Existe un vínculo más fuerte, que cada día parece crecer más? Me reitero: entiendes a tus padres por primera, segunda, siguiente vez. El suceso común con altura de prodigio que es estar echados los dos en la cama mirando al techo, acercarme a ella y  escuchar su corazón, quedo y  atronador a la vez.

Todos dicen que se parece a mí, y sí, a veces lo veo,  cuando la comparo con fotografías mías de niño, cuando la miro cerca, en silencio, cuando estamos solos, y  también su pelo, que comienza a crecer deprisa, efectivamente es  fino y suave como lo era el mío, aunque confío de más prolongada duración. Y me hace sentir raro, entre el miedo y la alegría. No es algo que me guste especialmente. Era una de las razones por las que prefería una niña,  porque no quiero que sea como yo, un tipo que le da demasiadas vueltas a las cosas, propicio al agobio y la duda –tal vez por eso me gusta, necesito escribir-,  algo mustio, al fin. Prefiero que sea como Susana y ojalá sea así: extrovertida, divertida, positiva, luchadora, que mi parecido sea más físico que espiritual. 

Me dice mi madre que los padres ahora no somos los de antaño,  que ahora colaboramos más, pero seamos sinceros: es la madre la que se ocupa de verdad de todo. Podemos hacer diez, veinte o cien cosas, pero no se acaba uno de desprender de la idea de que no se pasa del cargo de ayudante o peón; que de verdad salga adelante Abril es responsabilidad de su madre porque es la única que no solo está pendiente de lo que tú olvidas sino que se anticipa, que no duerme, sino que vela y al menor ruido o movimiento extraño, despierta y mira a la niña alerta, mientras yo sigo durmiendo hundido en mis mundos. Susana empieza a trabajar con pena, y yo me quedo en casa con miedo. Yo colaboro, pero no me quiero quedar al mando. Aprendo instrucciones para el modo básico, para poder desenvolverte sin emergencias, siempre temiendo imprevistos que exijan respuestas desconocidas e inmediatas.

Siempre presente la conciencia de la muerte o el peligro, mío –lo que no deja de ser curioso ya que siempre carecí de ese sensor-, pero evidentemente y sobre todo, de Abril. El principio como ventana al fin, antes invisible, irrelevante. La alborada frente a la finitud. Golpeando tu condición de mortal, tu miedo a que ese fino hilo, que nunca creíste tan fino, se rompa, a que la llama que es nuestro arder diario se apague. Tengo pesadillas,  como que me la olvido en el coche un día de mucho calor y no soy capaz de encontrarlo. O todos esos peligros que te parece entrever, sobre todo en ciudades  llenas de coches y de una confusión algo insoportable.

Abril es feliz, se pasa todo el santo día riendo –menos cuando le quitan los mocos-, suspirando y agitándose en picos exultantes, en que grita como loca de pura alegría. Es así, es plenamente feliz y eso es bueno, pero también destaca la felicidad que extiende toda a su alrededor,  a todos los demás, a nosotros, a nuestros padres y familia, o como si se tratase de una flautista mágica, al recorrer con ella los pasillos de la residencia de ancianos cuando vamos a visitar a mi tía. Hoy parece tan fácil hacer feliz al otro, al que está junto a nosotros, valerse de ella para repartir sonrisas. Pero el reverso es la tristeza nueva y extraña de preguntarme qué le ocurre cuando no ríe, sobrellevar sus fiebres tras la vacuna, y volver a preguntarme qué será no poder atender a un niño, no poder alimentarlo, vestirlo, darle todo lo que necesita si yo me preocupo por su estreñimiento o por los picores de su dermatitis que no la dejan dormir todo lo que debiera. O me pregunto por  el alma podrida de alguien encarnado en demonio llevando el mal, no más allá de lo tolerable, sino de lo entendible. Víctima parece palabra fabricada para niños y niñas, aplicada al resto de forma algo impropia.

Comienza a sentarse, aunque su postura favorita es de espaldas chupándose los pies –sé que eso no durará mucho tiempo y me da pena que la vida corra tan rauda-; a veces sentada a mi lado, en el sofá, me siento raro, divertido, sorprendido en la que podría ser una buena foto mía con cara de idiota, inundado por una extraña, pero a la vez ya familiar y bendita sensación de bienestar, de esas que inundan de boba plenitud.

Aparte de nosotros, adora a unos extraños tipos llamados Eli, Pato, Lula… y Pocoyo. Literalmente se vuelve majara cuando se lo ponemos y ya se queda alucinada. Se ríe como tonta, como si supiera de qué va la cosa. No me la quiero imaginar dentro de un año cuando empiece a comprender, ya enganchada a la pantalla de un ordenador, lo que para mí, integrista que camina en la vida sin móvil, remiso a todas estas dependencias, no me deja de descolocar. En fin, servidumbres futuras que van anejas el cargo. 

Aunque sé que estamos condenados al fracaso, lucharemos con nuestras armas, concretamente con una mágica rescatada del pasado y que abunda en mi casa: los libros. Cada noche le leo un cuento mientra ella me mira divertida y atenta sin entender nada de nada, ve los dibujos y parece disfruta la rutina. Bien sé que más que ella, yo.

Comienza a probar y comer algo que ya no es la leche de mamá, empezamos con el biberón que le cuesta aceptar,  y le surge una barriga tremenda y graciosa cuando se lo toma entero; y le acaba gustando, le gusta tanto que se cansa de la teta y es inevitable sentir algo de pena y reprocharle algo de su falta de tacto con su madre por ese rechazo a su fuente de vida durante seis meses. También empieza a “comer” otras cosas como papillas, aunque al principio, piensas que casi sería mejor  hacerse con  uno de los monos de protección contra el ébola. Tarea titánica y estresante que, claro, en lo más jodido, casi siempre asume Susana y en la que tras cada cucharada, te preguntas ¿cuánto tardará en comer bien? ¿Meses, días, ¡años!? Te sientes un poco blando, vulnerable, asustado. Ves vídeos en internet que te cuentan que no te preocupes, que tu hija acabará comiendo normalmente y en el futuro, masticando, que otra cosa no, pero que esto te lo pueden garantizar, que tampoco hay que volverse loco. Bien, parece que esto mejora, aunque creo que de fruta no ha sido capaz de ingerir un gramo, agitándose a veces entre temblores o convulsiones al probar la pera o manzana, tal que si fueran venenos mortales. 

Y claro, las cacas no son lo de antes; empiezan a oler fatal y se extienden y se abren paso por todos lados hasta el punto de que alguna vez hay que bañarla. Pero nada da asco… supongo que el doctorado como padre llega cuando a tu hija está estreñida y tienes que tirarle de la caca entre risas. No importa, nada importa.

Abril se acostumbra a manejar su cuerpo, trata de entenderlo, saber para qué sirve y progresa de día en día. El modo de habitar su cuerpo que decía André Gorz de su esposa. Abril va cambiando sus gestos, abandona los que creíamos ya suyos y encuentra otros que tal vez sí sean definitivos. Aunque entre ellos, ella que nunca tuvo chupete, espero que no se encuentre  el de chuparse el dedo al dormir, cuando tiene hambre o con los primeros dientes; sobre todo porque llega un punto en el que francamente nos llega a preocupar el lamentable y deteriorado estado de su dedo gordo. Los dientes…¡Por fin! Desde los dos meses, cada vez que le ocurre algo, que la encontramos anormalmente agitada o rara, que llora fuera de tiempo o lugar, pensamos que pueden ser los dientes (“ Serán los dientes…”), hasta que finalmente sí, efectivamente son los dientes, los dos dientes que le salen con seis meses.
Y es que debe ser muy difícil ser bebé. Se aburre, se crispa, se retuerce, se carcajea y llora con segundos de diferencia en una extraña suerte de “risallanto” difícil de interpretar.  Sus manos torpes se vuelven más ágiles. Ella es más rápida y decidida,  se retuerce, quiere hacer algo, no sabe bien el qué, pero quiere vivir, probar, descubrir, se escapa, se desplaza veloz sobre su espalda mientras grita de júbilo, tiene más peligro pero es diferente a la sensación de riesgo de las primeras semanas, porque todo parece más previsible, menos frágil. Y grita cada vez más fuerte, ya no solo utilizando la garganta sino también los labios en infinitas letanías entre terribles y divertidas.

La mirada a través de sus enormes  ojos de lechuza de Atenea cambia. Hay un momento que me encanta, uno de los mejores: su mirada inquieta y ansiosa justo un instante antes de cruzar el umbral de una puerta para descubrir qué hay al otro lado; o lo que parece ser un amago de vergüenza, su mirada divertida un momento antes de girarse y ocultarse, su mirada desafiante y tranquila cuando aprieta sus labios y no quiere comer, su mirada culpable, en un boceto de la molesta responsabilidad y la culpa inherente a la condición humana que aún tardará en llegar, cuando ya sabe que no debe llevarse algo a la boca y me mira justo un momento antes, en un gesto lento, esperando la reconvención, probándome, lo que me lleva a pensar que un día será el primero que me enfade con ella, que ha de ser así… pero que tarde.

A veces miro a sus ojos cuando se pone seria y algo “pensativa”, y la siento inteligente y expresiva, y me asusto un poco, porque creo que me va a descubrir, que me ha catado, que soy un fantoche, un inútil como padre, o peor, me veo reflejado en sus ojos y me siento extraño, soy yo el que está en los ojos de mi hija. Soy su padre y me siento un poco impostor, como si fuera demasiado importante el papel que se me otorga en la obra. También me ocurre cuando aparezco fuera de plano en una foto o en un vídeo se oye a Susana decirle algo a Abril sobre papá y me digo: joder, es cierto, soy su padre y ahí sí que no hay vuelta atrás. 

Soy un fanático del orden, una de esas personas con la manía enfermiza de colocar cada cosa en su lugar, también mis actividades u objetivos, a corto y largo plazo. Aunque a primera vista, si vieras mi mesa –prolongación amueblada de mis compartimentos mentales-, pudieras pensar que todo está colocado al azar: cuadernos, libros, recuerdos o piezas decorativas sui generis. No es así. Cada una está en una ubicación definida, a una distancia aproximada de todas las demás, fruto de un plan seriamente meditado. Por eso me cuesta acostumbrarme, llevo mal hacerme  a que en mi casa empiecen a aparecer cosas relacionadas con Abril por todos lados (baberos, pañales, juguetes, biberones), aunque sé que esto no es nada, que es solo el principio, que el tema irá a peor cuando le llegue la añorada autonomía –cómo era aquello de vigila lo que deseas porque puedes conseguirlo- y le demos suelta, porque entonces todo irá a mucho peor. 

Sin embargo, seamos positivos y encaremos el camino. Puede que la mejor señal de que acepto cambiar de vida, de que me lo estoy tomando en serio es el hecho de que me deje de importar que mi libro esté a la izquierda o el bolígrafo a la derecha a dos palmos de la lámpara o que observe tranquilo mi salón repleto de cacharros y extraños aparatos procedentes del fértil gremio de productos dirigidos a niños y padres de niños, muchos de ellos francamente mejorables en calidad –a propósito, quizás el único sector impermeable a los efectos de la crisis-. Puede parecer una bobada pero para mi mente obsesiva algo enfermiza algo emparentada con la del Jack Nicholson de “Mejor Imposible”,  no lo es. 

Aburro, soy previsible, pero qué puede haber parecido. A veces, cuando la tengo cogida entre mis brazos, siento su cabeza apoyada en la mía, cierro los ojos, inspiro hondo y siento que todo cede, que todo fluye, que todo encaja; doy por bueno todo para llegar hasta aquí y solo espero que no se quede en una actitud algo egoísta, que a Abril le llegue algo de mi calidez interior, de mi pequeño éxtasis doméstico y sencillo, que de alguna manera, también lo perciba.

Es mirobrigense y ya la conduzco en sus primeras vueltas por la muralla, recordando mientras miro la sierra como tantas  veces en mi vida, que muchas fueron buenas,  pero también muchas otras, horas tristes en soledad en que las nació una extraña vinculación con los muros de mi ciudad, bálsamo prodigiosamente curativo, que me obligó a seguir y luchar. Los de Ciudad Rodrigo somos muy de Ciudad Rodrigo y espero que ella entienda, mirando al infinito incomprensible, que vivir siempre es bueno.

Y lo digo mientras publico este artículo, mientras retiro un “apilable” (yo que creía que manejaba un vocabulario en castelllano bastante aparente por lo amplio, me veo sorprendido por tantos términos llegando en cascada de continuo).

La armonía terminará, así ha de ser para que tenga sentido, pero hoy se sigue elevando etérea y radiante, tal que una Variación Goldberg de Bach, hoy mi disco más escuchado en el coche. Mi preferida,  la 25 –pero se escuchaba demasiado baja-, para siempre unida a Abril.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Rabia interestelar



De lo poco que saqué en claro de ver "Interestelar" fue un puñado de versos que al día siguiente se convirtieron en mucho, cuando leí tranquilamente frente a mi ventana, el maravilloso poema de Dylan Thomas sobre la muerte..

 

Ya me lo hizo con "Herida" de mi adorado David Fincher y lo volvió a repetir con "Interestelar"; dado el alarmante estado de presenilidad que transito, que Rober me coloque una película a las diez y media -casi la hora a la que me acuesto, aunque sí es cierto que cada día madrugo más y me cuesta menos-, es una puñalada trapera, más si dura casi tres horas. Desde mi estado de semiconsciencia enterrado en la butaca, puedo decir que la película seguro es mejor de lo que me pareció, pero que por supuesto se queda en  el fallido amago del clásico que buscaba en un género que algunos adoramos. La verdad es que, a día de hoy, aún no tengo claro si realmente me gustó. Es curioso que ese mismo juicio pendiente podría emitir de "Origen", otra película de Nolan. Hecho bastante significativo al referirme a la obra de un autor. Seguiremos a la escucha.

"No entres dócilmente en esa noche quieta"

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Sasoon, declaración contra la guerra.


Enlazando con el artículo arnterior, Sigfried Sasson no solo conoció a Wilfred Owen en un hospital de guerra, sino que le llegó a corregir su "Himno a la juventud condenada". Como su colega escritor, también denunció el sinsentido de la carnicería. Finalmente tuvo más suerte, la de sobrevivir.

“Habiendo acabado con la Guerra, hago esta declaración como un acto de desafío a la autoridad militar, porque creo que la guerra está siendo deliberadamente prolongada por los que tienen el poder de terminarla. Soy un soldado, convencido de actuar de parte de los  soldados. Creo que esta guerra, en la cual entré creyendo que era una guerra de defensa y liberación, se ha convertido en una guerra de agresión y conquista. Creo que los objetivos por los cuales yo y mis camaradas habíamos entrado en esta guerra deberían haber sido tan claramente declarados que hubiera hecho imposible  cambiarlos, y que, como esto ha ocurrido, los objetivos que nos obligaron a actuar ahora deberían ser alcanzados por la negociación.
He visto y he aguantado el sufrimiento de las tropas, y no puedo por más tiempo ser partidario de prolongar estos sufrimientos para unos fines que creo son malos e injustos. No protesto contra la dirección de la guerra, pero sí contra los errores políticos y la falta de sinceridad con los combatientes que están siendo sacrificados. De parte de los que sufren hago esta protesta contra el engaño de que están siendo víctimas; también creo que puedo ayudar a destruir la complacencia insensible con la cual la mayoría de aquellos que en casa apoyan la continuación de las agonías que no conocen, y que ellos no tienen la imaginación suficiente de advertir.”

(Carta al Parlamento. 1917)

viernes, 14 de noviembre de 2014

Himno a la juventud condenada


Wilfred Owen, soldado inglés y aunque parezca imposible, poeta en la guerra.

Cambiamos la preposición; ahora sí es más ajustado el retrato: Wilfred Owen, poeta de la guerra, de una de las peores. Muerto en combate una semana antes del fin de la Primera Guerra Mundial.

HIMNO A LA JUVENTUD CONDENADA

¿Doblarán las campanas por aquellos que mueren como ganado?
Sólo la rabia monstruosa de los cañones
el rápido tartamudeo de los fusiles
pueden rezarles una breve plegaria.

Para ellos, no más ceremonias, oraciones ni campanas
ni voces de luto o salvas en coros,
Sólo el agudo, rabioso gemido de coros de obuses
y clarines llamándolos desde dolientes condados.

¿Qué candelabros pueden encenderse para ellos?
No en sus manos de niños sino en sus ojos
brillará la sagrada luz de los adioses.

La pálida mirada de las muchachas serán sus mortajas;
Sus ofrendas, la ternura de dolidos recuerdos
y cada lento atardecer se inclinará ante sus memorias.