viernes, 31 de octubre de 2014

Tertulia: "El coloquio de los perros"


Los habituales sabéis que esta vez sí que tengo la mejor excusa para justificar el retraso, aunque tampoco creo que importe mucho, ya que si habitualmente confío en que alguien, aunque no comente, haya leído la obra, me da que un texto del XVI poco  ha de llamar la atención en la sociedad de 2014.

"El coloquio de los perros", una de las Novelas Ejemplares de Cervantes, es la conversación de dos perros, Cipión y Berganza, prodigiosamente dotados del don del habla durante una noche en la que se  dedican a pasar despiadada revista al mundo de los hombres a través del relato de las andanzas de Berganza con sus diversos amos, siguiendo el estilo y estructura de la Novela Picaresca.  Al estar unida a la anterior historia, no se entiende muy bien la curiosidad en la forma sobre quién cuenta realmente lo que estamos leyendo, al aparecer al final dos personas que han escuchado vigilantes el diálogo de los perros.

Al fin, lo que te queda en claro tras leer la obra es que la sociedad española de la época que se describe es la de una banda de mangantes viviendo en el filo en la que cada uno va a la suya. Corruptelas sin fin, tanto en los servicios públicos como en cualquier profesión; por supuesto también en los encargados de mantener el orden o impartir justicia, siempre prestos al soborno, por no hablar del duro y previsible retrato de colectivos como gitanos o  moriscos, todo ello aderezado con el soniquete de la abundante tropa de titiriteros - con crítica a engreídos autores de teatro o a la absurda novela o poesía pastoril- o las habituales prácticas de brujería, real o imaginada, y la persecución a que da lugar.
Me pregunto si la descripción de Cervantes del panorama de la España actual hubiera distado mucho del de aquella España del XVI si le echara un vistazo un solo  día a  nuestra televisión, atendiendo tanto a titiriteros como a servidores de la cosa pública, hoy legitimados democráticamente, pero tan enfagados en el estiércol como antaño. Se acaba transmitiendo la idea de que no aprovecharse -sea ilegal o inmoral-, sería ridículo, que sería bastante tonto hacer lo correcto, como le ocurre a Berganza varias veces cuando intenta portarse como es debido.

El perro, símbolo de fidelidad y amistad al hombre que se muestra indigno de tal don, que continuamente dedrauda con su miserable comportamiento. Pero es lo que hay, se ha de espabilar, no es lugar para la confianza en el otro si se trata de sobrevivir. Visión pesimista de la vida y, pese a la denuncia, bastante resignada. "El hacer el mal viene de natural cosecha". "Hacer el mal lo heredamos de nuestros primeros padres y lo mamamos en la leche". Un mundo donde siempre parece que está a punto de suceder una calamidad, donde se ha de estar preparado para el próximo revés de la fortuna.
 
"Humildad base y fundamento de todas las virtudes"

"Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición  que no sea con daño de tercero"

"Aunque los gustos que nos da el demonio son aparentes y falsos, todavía nos parecen gustos, y el deleite mucho mayor es imaginado que gozado, aunque en los verdaderos gustos debe ser al contrario"

Para la próxima, el 14 de diciembre, una curiosidad:  "El derecho a la pereza" de Paul Lafargue, el que fuera yerno de Marx.

jueves, 30 de octubre de 2014

Puño invisible: "Ahora que la mierda ya me llega hasta los ojos"


Nuevo capítulo de puño invisible

Me lo tengo que mirar o simplemente será cosa de la edad, lo de mi ya alarmante querencia por las canciones sencillas, suaves, tristes, lentas. Espaldamaceta o José Juan González es (o era, ya que parece ser que en sus últimas aventuras añade más cacharrería a su música) un cantautor de corte clásico, algo rarillo, eso sí -vosotros me entendéis-.

Esta canción la descubrí al final de la película "Carmina y amén". Con "Carmina y revienta", son un producto extraño en el cine español, una chaladura donde se mezcla el humor más grueso con tintes surrealistas y pretensiones poéticas; con más chicha de lo que parece, lo que es de agradecer. Paco León hace debutar a su madre, creando un personaje de esos que no se olvidan  -curiosamente más natural en la primera película- y para que todo quede en familia, disfrutamos de los ojos más bonitos y limpios del cine español, los de su hermana María León.

"Ahora que la mierda ya me llega hasta los ojos"


Y ahora que la mierda ya me llega hasta los ojos
Y ahora que no hago otra cosa que limpiarme
Será que no he querido oír tus llantos
Será que también lloro

Y has venido guapa con los ojos inundados
De cosas que has vivido sin estar yo a tu lado
Será que no he querido oír tus llantos
Será que también lloro

Y no me has perdonado, aunque yo sí que lo haga
Yo ya me he limpiado las uñas cuando debía
Será que no he querido oír tus llantos
Será que estoy muy solo

Y no me hagas preguntas cuando ya no miro atrás
Y no me hagas preguntas si la historia ya no es mía
Y tengo ganas de viajar un poco
Será que estoy muy solo

Y qué voy a enseñarte, si me enseñabas tú todo
Y qué vas a enseñarme cuando quiero que te largues
Ahora no sales nunca de mi sitio
Será que no te encuentras

Y ahora que los lazos ya no unen nunca a nadie
Ahora que no confiaré ya nunca más en nadie
Me necesitas sólo por los ojos
A mi ya no me llames


miércoles, 29 de octubre de 2014

Puño invisible: "Flightless Bird, American Mouth"


Capítulo de puño invisible.

Muy desencaminados andaban los que en sus inicios, metieron a Iron and Wine en el saco de la gastada "Americana". Sam Beam era austero por la falta de medios y algo monocorde por encontrarse a la búsqueda de su propia voz. Sin embargo, muchos años después se sabe que  este chico tímido al que sus amigos tuvieron que animar a publicar, también gusta de arreglar sus composiciones con mimo, a veces con ropajes exuberantes y sorprendentes, y que sus miras acostumbran a buscar más lejos de la tradición americana.

Aunque esta no es la prueba; de su disco de 2007, "The Shepherd´s Dog", este "pájaro sin alas" parece una miniatura, mas este pequeño vals se expande hasta conseguir una de las piezas más delicadas y hermosamente tristes de su cancionero. 


martes, 28 de octubre de 2014

Donde el mar bañe la nada


Esos dos últimos versos inolvidables... Vértigo.

"Aguardo, ecuánime, lo que no conozco,
mi futuro y el de todo.
En el fin todo será silencio, salvo
donde el mar bañe la nada".

(Fernando Pessoa - Ricardo Reis)

jueves, 23 de octubre de 2014

El Medio Ultra de Gredos como cámara de descompresión




Creo que me apunté al Ultratrail de Gredos en marzo. Un mes después, la Ley 27/2013, de 27 de diciembre, de racionalización y sostenibilidad de la Administración Local, por razones que no vienen al caso sobre estabilidad presupuestaria, me enviaba al paro. 6 meses después recuperé el trabajo, tras un proceso opositor que comenzó con estudio diario de muchas horas, pero sin tensión -incluso me presenté al portugués y liquidé alguna otra asignatura de la carrera cuyo final, a cuenta de este lío, hay que posponer para 2015- y  finalizó justo un día antes de la prueba de Gredos; periodo que me dejó completamente exhausto, siendo las últimas semanas un verdadero sinvivir, estudiando entre siete y diez horas diarias plenamente concentrado sin día alguno de descanso semanal. Estoy convencido de que para conseguir sacar adelante un reto de este tipo, donde no basta el aprobar, sino ser el mejor, la vida se ha de convertir en algo insano, donde no se piensa absolutamente en nada más que lo que se ha de estudiar la tarde o el día siguiente, sin permitir disminuir un ápice tu estado de alerta, miedos o dudas, el verdadero combustible cada mañana antes de sentarse delante de los temas.

Debido a ello, los últimos dos meses prácticamente no hacía nada más: ni leía, ni escuchaba música, ni escribía, ni hacía deporte -salvo un par de días que salí a correr media hora para ver si se me espantaba la incómoda nube en la cabeza-. Especialmente duro de sobrellevar es esa tensión que no cede y que se acrecenta a medida que se acerca el examen, o las dudas y enfados después de cada ejercicio. Bien, el hecho es que todo terminó bien, aunque  hoy en día esto no signifique gran cosa, dado el precario estado de gran parte de la Administración Local. Seguiré estudiando y haciendo exámenes hasta que no pueda dedicarme a ello, porque me gusta aprender y retarme,  pero otro tema es tener que estudiar horribles temas de materias que odio -aunque al final, reconozco que como casi a todo, hay que buscarle el encanto y el lado bueno-, para jugarte el medio de vida. Extraños tiempos  vivimos en los que casi se oposita hasta la misma jubilación.

Como contaba, acabé el examen el miércoles y la carrera se celebraba el sábado de madrugada. El jueves aún no sabía si iría y no me apetecía gran cosa, la verdad. Después de estar sin moverme  de la silla dos meses, darle una paliza a mi cuerpo para que la que ni de lejos  estaba preparado, se me antojaba bastante absurdo. Casi deseaba que hiciera mal tiempo para descartarlo por fuerza mayor y no darle más vueltas al tema. Sin embargo el anuncio de  un tiempo excelente, casi de verano, y la llamada con la buena nueva de que recuperaba el trabajo, obraron el milagro. Sí, me apetecía dar un largo paseo por alguna de mis montañas favoritas y rememorar viejos fines de semana compartidos en Gredos con el CiegoSabino.

Cuando en la charla del viernes por la tarde nos dijeron que había un desvío en el ultra -84 kms-, para hacer solamente el Medio -55 kms.-, ya casi decidí que esa era la opción más lógica, que para mí, estaba más que bien. Dejé un pequeño resquicio a continuar por el recorrido largo, descartado por completo en la línea de salida a las cuatro de la mañana en la plaza de Candeleda, cuando rodeado por todos los participantes, me parecía absurdo competir con tipos que seguro habían entrenado como se debe para una de las pruebas más duras del calendario nacional de montaña.

De la carrera, poco que contar: casi cuatro horas justas, las que duró la noche, desde las cuatro a las ocho de la mañana, para acercarnos desde Candeleda a la plataforma de acceso a Galayos y Mira, a través de pistas entre bosques, con kilómetros de fuerte desnivel al comienzo. Es la parte con menos gracia del recorrido; por eso no está mal pensado correrlo de noche.

Ascender la muralla de Galayos hasta la cima de La Mira, ya pura e imponente Sierra de Gredos, mientras sale el sol, es un placer difícil de explicar, más si vienes de cientos de horas estudio y echas de menos aire frío en tus pulmones. Ascensión dura pero tranquila,  charlando con el CiegoSabino. Al llegar a la cima, sopla un vendaval del demonio que continuará durante todo el cresteo que conduce al punto que nos separará. Curioso que de todos los participantes que nos adelantan o adelantamos, los jaramugos somos los únicos que seguimos en manga corta, algo que nos viene ocurriendo a menudo. Gen farinato. 

Poco después nos separamos. Voy perfectamente, sorprendido tras el largo periodo de inactividad, pero no tengo la menor tentacíón de atreverme con el recorrido largo, adentrarme en el Circo para afrontar el verdadero meollo y seña de identidad de esta prueba.  Aunque podría correr, sigo caminando, dándome un agradable paseo entre montañas, contento, pensando, más que en la carrera, en lo contento que estoy por haber ganado la plaza.

El calor comienza a dejarse notar durante el descenso del Puerto de Candeleda por el lado sur de la sierra, haciéndoseme demasiado largo sus aproximadamente 16 kilómetros y pensando con alivio que menos mal que no se me ocurrió tirar hacia el Circo, y en lo duro que se le va a hacer al Ciego bajar por aquí cuando lo afronte machacado de madrugada, él, que todavía acosado por las secuelas de la machada de "Los 500 de Asís", tampoco ha entranado gran cosa; pero hay pocos tipos más fiables. ¿A estas alturas alguien duda que el Agus no termina lo que empieza?

Aunque he bajado corriendo unas pistas excesivamente inclinadas para unas piernas doloridas demasiado tiernas para estos trotes, sigo camianando todo el trayecto, ya con calor de verano, parándome incluso un buen rato a charlar con un chaval que le interesa saber de nuestro deporte, cómo entrenamos, carreras y demás.


Vuelvo a correr antes de entrar en Candeleda para mostrar algo de dignidad "competitiva" Ya me han ido adelantando los primeros participantes del Medio que salían cuatro horas después y sé que hay gente del ultra que han elegido mi misma opción y me preceden, por lo que me sorprende cuando un chico se quiere hacer una foto conmigo, pensando que voy el primero -pues vale- y cuando entro en meta, por megafonía  atrona el saludo al campeón del Ultra. Mientras niego vehementemente, me paro antes de entrar  y traspasar la cinta que sujetan unos voluntarios. Ya imagino al público pensando que no tenía mucha pinta de ser un figura. Al final, un tiempo de alrededor de 11 horas -se me olvidó mirar la hora- y no creo que aparezca en clasificaciones.








De la organización no puedo hablar con suficientes elementos de juicio, ya que la esencia y reclamo de esta carrera son esas delicadas partes del circo de mucho desnivel y muy peligrosas, si no se va con tiento, más propias de escalada que de trail. Según lo escuchado, si insisten en ese recorrido, deberían mejorar mucho en marcaje y seguimiento en esas zonas. Ante las lesiones de algún corredor provocadas por caídas y la intervención del helicóptero, se amagó con suspender la prueba. No hay que olvidar que tuvimos un tiempo excepcionalmente bueno para estas fechas. Creo que deberían ser menos ambiciosos con el recorrido y adelantar fechas para intentar asegurar buenas condiciones. Yo que estoy metido en organización de asfalto, que nada tiene que ver con una prueba de estas características, no sé cómo se soporta la responsabilidad en estas apuestas,  donde creo que en muchos ocasiones, dado el arrojo e imprudencia de algún participante, se juega con fuego.

Del resto, pues bien, correcto; mucha gente, mucho trabajo, especialmente complicado porque en terrenos de alta montaña inaccesibles para vehículos de motor, los avituallamientos hay que subirlos al lomo, lo que merece nuestro reconocimiento, con pequeños detalles sin importancia a mejorar como retrasos en algún acto. Sí quiero volver a incidir en que para una prueba algo salvaje, algo "jaramugada" como esta, no basta con no obrar con negligencia, sino que la diligencia debe ser extrema, ir mucho más allá de lo normalmente exigible.

Podría poner una canción de la Creedence Clearwater Revival o John Fogerty, cuyos temas sonaron todo el santo día en línea de meta, lo que se agradece de verdad, teniendo en cuenta el habitual insoportable percal de las selecciones musicales en este tipo de festejos pero, ya que esta crónica ha sido más de estudios que de carreras, acabo con"Bajo presión", porque verdaderamente jamás la sentí igual, y la pobre Susana, que me tuvo que aguantar, puede dar fe. Una de las mejores canciones de los mejores discos del año, "Lost in the Dream" de War on Drugs.

domingo, 7 de septiembre de 2014

La fortuna de Thelonius Monk




El prestigio que otorga la altura de una obra, recubre al autor de una pátina de irrealidad, lo convierte en un personaje bendecido por una especial gracia sobrenatural, que parece ocultar sus rasgos más humanos, situarlo un escalón por encima de los demás mortales.

Sin embargo, el sino de muchos de estos hombres, es el de vagar por una vida que no entienden, encerrados en su propio mundo, en un lento viaje a la incomprensión y el fracaso. Thelonius tuvo la suerte de descubrir la música como vehículo de expresión de sus sentimientos -siempre a la primera toma- y vía de escape de unos demonios que, tramposos, lo guiaban entre la depresión y la euforia. De no haber sido así, aún más, de no haber tenido a su esposa Nellie siempre pegada a su lado, seguro hubiera terminado su camino antes de tiempo tras dormir demasiadas noches  bajo la triste luz de salas de hospital; y solo, terriblemente solo. Sin embargo, tuvo suerte, tuvimos suerte.

Si te interesa el tema, apunta este documental producido por Clint Eastwood.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

Maratón "Bierzo al límite": por perro y por viejo.




Antes de comenzar con mi carrera, unos apuntes sobre la organización, mejor sobre lo malo de la organización, a las que solo hago mención si me parecen extraordinarias como el Northwest Triman o si me parecen malas. Hay muchos aspectos que están bien, que pasan con el aprobado, pero eso se le supone, porque además aquí la inscripción me parecía algo cara: 25 euros. 

Malos detalles que dicen mucho como el anuncio de una estupenda zona de acampada sin que se menciones el importante dato de que te será imposible dormir, ya que  se encuentra a 100 metros del emplazamiento de la verbena –son las fiestas de Noceda- y posterior carpa de músical infernal para los ultrafondistas de la fiesta. Malos detalles como el retraso, sin comunicación ni razón alguna a los participantes, de más de cuarenta minutos en el inicio de la prueba, en un jornada en la que se preveía mucho calor. Malos detalles como que un avituallamiento de los anunciados no existiera.  Se especificaban cinco puntos –uno de ellos, el de meta- pero la realidad es que del km. 16 al 35, corrimos en autosuficiencia. La justificación no me sirve; la fuerza mayor de un pinchazo del vehículo previsto, unido a la falta de cobertura para avisar a la organización, para mí, no es tal. El incidente no me parece tan extraño, se ha tener a la gente en su puesto con tiempo de antelación suficiente para hacer frente a imprevistos. Es algo que nunca me había ocurrido y creo que no se obró con la diligencia exigible.

Ya en materia, sigo con un tema para el que tenía pensado un artículo más meditado, pero que soluciono con un párrafo. Ya me ha pasado en otra ocasión este año y aquí en el Bierzo, regresa la percepción de cierta imprudencia por parte de los organizadores a la hora de acometer este tipo de pruebas. Si decides meterte en estos líos, no basta con la ardua labor de un buen marcaje. Algo que parece que se tiende a olvidar es que los atletas, tus atletas están en zonas de complicado acceso, y deberías tener el conocimiento más ajustado y actual posible de la ubicación y estado cada uno de ellos, especialmente en  condiciones extremas, como pueden ser las de calor o mal tiempo.

A veces tengo la  inquietante sensación de que de pasarnos algo grave, pueden pasar muchas horas, no hasta que alguien te venga a ayudar, sino hasta que alguien de la organización se entere de qué ha ocurrido. Pienso sinceramente que los controles de paso no deberían demorarse durante distancias tan largas, no solo buscando la limpieza en la competición, sino sobre todo en previsión de accidentes y desfallecimientos. 

Dicho lo cual, remato con mi clásica y apresurada crónica de carrera.

Me he pasado dos tercios de la carrera pensando que no iba nada bien, recordando la retirada en la Verracada de unos días antes y llegando a la conclusión de que me tenía que hacer unos análisis, no porque me sintiera especialmente mal sino porque estaba cansado, porque tenía la difusa impresión de que todo el mundo estaba más fuerte que yo. Solo hubo dos momentos en los que no fue así: al principio y al final.

El maratón es duro: dos mil metros de desnivel positivo. El inicio es una continua ascensión de más de mil metros, que partiendo de Noceda, en su primera mitad discurre por un sendero que atraviesa un bosque hasta que se llega a una bonita zona de cascadas especialmente exigente, donde nos ayudamos de las cuerdas dispuestas en el margen del camino. Una vez fuera del bosque, enlazamos varios cortafuegos de extrema dureza, por distancia, desnivel y lo inestable del terreno. A mí no se me dan mal estas paredes; sufro, pero los hay que lo pasan peor y lo sé sobrellevar, lo que no quita que no le encuentre gracia alguna a estos tramos. Pocas vías más feas que los bastos cortafuegos.
Somos pocos y arriba llego bastante adelante, casi sin pretenderlo. Tengo claros mis ritmos y estos no van a variar en función de los demás. Algo que queda muy claro cuando después de coronar el punto más alto, comenzamos a descender.  Mi ritmo es conservador y los corredores me empiezan a adelantar y dejar atrás. Somos pocos –no llegamos a 30 - y temo quedarme el último. Voy con camiseta chusca de algodón y no llevo nada, ni botes, ni mochila –supongo que parezco un novato que pasaba por allí- y un participante me “reprocha” que no lleve gorra, ni líquido, le faltó decir que si estoy bobo. Dudo mucho muchísimo que ese fulano tuviera tantas carreras en el zurrón como para ir dando consejos en ese tono al personal –en fin, pequeño placer culpable, disfruté dejando atrás su cadáver kilómetros y horas después- Puedo ir más deprisa pero no quiero. Queda demasiado –no estamos ni siquiera en el km. 10- y va a hacer calor. Aunque temo derrochar fuerzas que después necesitaré, también tengo dudas sobre mi estado. ¿No será que estoy demasiado flojo? 

Tras un suave cresteo por los caminos fáciles que ofrecen el atractivo de las cumbres de un Bierzo infinito, se desciende hasta casi el km. 20. A partir de ahí, una larga subida de muchos kilómetros, algunos de ellos muy duros, por pistas. Es durante esta ascensión cuando comienzo a pasar corredores, lo que me anima a ir un poco más rápido, un poco más rápido, siempre caminando muy ligero. Los últimos que adelanto, cuando llevamos varias horas bajo un sol de justicia, van muy tocados, lo que motivó algo de mis reflexiones iniciales. 


El descenso se hace también por pistas, terminando fuerte y rápido, como en teoría se debería terminar un maratón, animado por el puesto y aún adelantando algún corredor en las calles de Noceda. Corrí todo lo corrible, acabé quinto para entrar con un tiempo de 5 horas y 45 minutos, lo que da idea de la dureza de la prueba. En meta me esperan Fernando Alvárez y familia, hijo del pueblo, que aunque vive en Ciudad Rodrigo, pasa allí muchas de sus vacaciones. Me colman de atenciones y ofertas para ir a comer, pero como tantas veces ocurre tras un maratón, tengo más ganas de vomitar, que de ingerir alimentos.

Respecto a la carrera, creo que, si se vuelve a hacer, deberían plantearse un recorrido puede que algo más corto, pero con algún tramo de caminos más técnicos y con más encanto, porque todos sabemos que la zona es preciosa y seguro ofrece muchas posibilidades.  Al Bierzo, sea esta u otra carrera, seguro volveré.

“¡¡YO SOY ESPARTACO!!”

viernes, 29 de agosto de 2014

Reflexiones al pie de la Verracada Nui por Camino Torres

(Las fotos son de Manu)


Siempre ocurre, es lo normal. Más allá de los cincuenta kilómetros comienza la verdadera fatiga, la disminución del rendimiento y sobre todo, los dolores; variados, intermitentes al comienzo, controlables, casi insignificantes;  persistentes, constantes, ya imposibles de ignorar, después.


Hay un bonito verbo en desuso: despearse o aspearse  cuyo significado viene a ser el de maltratarse los pies por haber caminado mucho. El ultrafondo o el desbordado afán por despearse, tan en boga hoy en día,  bien podría ser buena excusa para recuperar la palabra, muestra de ese valioso patrimonio inmaterial de un pueblo, el de nuestro lenguaje, maltratado tan a menudo (ahí ya proyecto yo una “Despeadura Ilustrada”  siguiendo las andanzas del ejército napoleónico por nuestras tierras en formato tres etapas en tres días, incluida una etapa nocturna el viernes noche).


Y es que aunque se llamen de otra forma, despeaduras hay muchas, cada día más, y yo ya llevo unas cuantas, tal vez demasiadas, porque algo de mí se perdió entre tantos caminos y montañas. Como iba contando, a partir de los cincuenta kilómetros, lo que te lleva hasta el final, aparte del hábito del cuerpo conseguido a través de largas horas de entrenamiento que atenúan todas las incómodas secuelas,  es tu voluntad, tu temple, tu compromiso con el reto; ese compromiso que  hace cualquier distancia o montaña salvable. 


Esa gran dureza mental, a pesar de mis insuficientes entrenamientos para pruebas de ultrafondo de extrema dureza, me han llevado a muchas metas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, albergo dudas. Dudas sobre el sentido de seguir en un trayecto donde correr, a cada paso se torna más complicado, dudas sobre mi capacidad para soportar el espeso y lento transcurso de las horas, puede que hasta noches enteras de combate frente a mis pensamientos, porfiando continuamente frente a la tentación de marcharme a casa. 


Para hacer ultrafondo se requiere espíritu, un intangible difícil de definir que puede que con las metas y los años tienda a diluirse.  A día de hoy, no reconozco a esa persona que fue capaz de completar el descomunal reto del Tor des Geants. Antes de mi primera retirada, fuera carrera o reto, me sentía algo así como lanzado en el interior de una cápsula, dentro de un pasillo con muros y techo completamente sellado, cuya única vía posible era la de avanzar hacia delante. Hoy, de reojo, de continuo, advierto una puerta que a cada rato me parece más fácil de abrir, la de retirarme y terminar, la de mi cama, la de mi familia.
 

Más aún, tratando de acotar y objetivar mi relación con el deporte, esas dudas han derivado en la casi certeza de que en este momento no tengo yo la cabeza para enfrentarme a distancias cercanas a los 100 kilómetros. No sé si es algo definitivo, como cuando abandoné el baloncesto, o se trata de un periodo transitorio, pero algo cambió. Hoy por hoy, creo que la verdadera distancia en la que me siento cómodo son los 70-80 kilómetros, o lo que viene siendo una jornada laboral, como dice Quini. Y tras esta larga introducción, mucho de mi inconclusa aventura en la Verracada, se explica por estas dudas o por soslayar la fragilidad de mi innegable nueva condición. 


Precisamente venía de retirarme en Gredos Infinite Run. Tras mi regreso, aseguré a Susana que no volvería a correr distancias tan largas (120 kilómetros), y menos en verano, si no me hallaba totalmente convencido y entrenado.  Por ello, es comprensible el merecido correctivo del que me hice acreedor, cuando Susana tuvo que venir a buscarme a Alba de Yeltes. No era capaz de entender que apenas 10 días después de mis solemnes y trascendentes palabras sobre mi nueva forma de hacer deporte, volviera a embarcarme en las mismas, ante la irresistible oferta del CiegoSabino.  Para Susana –también para nosotros, reconozcámoslo-, cosas de hombres, inefable misterio.


La Verracada Nui es una jaramugada clásica, invento de hace unos años. Tenía dos modalidades: bien recorrer a pie, corriendo y andando, los 90 kilómetros que hay desde el verraco de Ciudad Rodrigo al de Salamanca, bien hacer el trayecto ida y vuelta en bicicleta. Este año proponía recorrerse por el Camino Torres, alrededor de 110 kilómetros.


Me retiré casi al final, por la inexorable fuerza de los hechos, en Alba de Yeltes (Km. 83) –fruto de una severa deshidratación por estar varias horas sin líquido bajo el sol de mediodía-, lo que tampoco deja demasiado margen a la interpretación: no se siguió porque no se podía y punto; la fuerza mayor excusa. Pero lo verdaderamente relevante no es mi retirada sino mi tentativa de retirada en San Muñoz (Km. 55), no porque estuviera especialmente mal, sino porque simplemente estaba harto. Hasta allí, había disfrutado de la mayor parte del recorrido, pero, ya dolorido, me costaba encontrarle sentido a la agonía que se avecinaba. 


Manu, distrayéndome, animándome, me cameló y sutilmente me condujo lo suficiente para que siguiera adelante solo un poco más, y de ese modo, cerrarme las vías de escape, la posibilidad de retirada hasta Alba, ya al lado de Ciudad Rodrigo, donde mucho se tenía que torcer la cosa para no tirar hasta el verraquín. Bien, me dije, seguiré adelante hasta el final, solo para escribir una crónica en la que anuncie el fin de mi relación con las distancias de tres dígitos.  Por ello, tal vez lamenté más el hecho de no concluir la aventura, porque hubiera representado mejor final a muchos años de inolvidables –para mí, claro- aventuras, sea punto y aparte, o punto y final. 


No, me tocó irme a casa destrozado, ducharme y tirarme en el sofá para no parar de beber líquido durante treinta horas. Sin embargo, la magia de esta historia, de mucho de nuestra loca afición,  algo que jamás entenderá el profano porque, de primeras, nunca imagina lo mal que nos llegamos a encontrar, es el buen recuerdo que atesoro desde unas horas después, de un día que, en principio, debería haber sido un día de mierda, y sin embargo, regresa como una experiencia audaz en común, pura y limpia, encarnado en una imagen: la de tres tipos exhaustos bajo un sol de agosto a mediodía,  tres tipos detenidos en medio de una pista, sin visos de que conduzca a ninguna parte, tres tipos  encorvados con sus manos apoyadas en sus piernas, casi sobre las rodillas, tratando de buscar cierto alivio en esa postura, de  dar esquinazo a esa pertinaz malestar, a alguno de sus miedos. Tres tipos machacados que, inexplicablemente, se miran y sonríen. 


Porque destilando de esa Verracada, no me queda ni fatiga ni hartazgo, sino que me restan doce horas cubriendo esa suerte de vacío que trato de retratar y que antes no sentía, algo de la negrura de mi íntimo tira y afloja, con los lazos de lo que siempre fue la amistad, la misma de cuando éramos críos jugando, la de adultos disfrazando de serio lo que sigue siendo un  exigente juego; lazos que formarán un suave  capullo de seda para albergar todo lo malo que hay dentro. Si llegas a meta, entonces sí, entonces la metamorfosis se completa y nace el abrazo, la risa, la medalla, la mariposa. Si no llegas, como es mi caso, y todo se queda en un ensayo de nido estanco, al menos entiendes por qué lo hiciste una vez más.


Y ese día de agosto esos hilos y lazos se fueron tejiendo desde  una Plaza Mayor de Salamanca increíblemente vacía a las cinco de la mañana, propiedad no más que de  tres mirobrigenses con trazas de corredor;  se fueron hilando desde las tres primeras horas  de carrera, embozados por una noche iluminada, nunca menos noche por la mayor luna del año y la continua caída de estrellas, deslizándose rápido por campos resecos esmaltados de reses, girasoles o  trigos, hacia un horizonte agostado siempre limpio, con montañas muy al fondo, donde a medida que nuestros cuerpos se iban agotando, paradójicamente nuestra mirada descansaba libre de obstáculos, con la inevitable puntada-putada final, la de siempre, en forma de cuestas que no esperábamos y que claro, nunca eran la última, invernadero kilométrico de jaras y encinas, donde marchamos solos, cada uno en su propio mundo, pero siempre unidos por el hilo de la solidaridad y por tener en cuenta al compañero que se queda, que no anda, que no tiene agua. Porque hacerlo tú está bien, pero si no arribamos los tres que partimos, nunca es lo mismo. Tal vez la próxima vez, tal vez la próxima.

"¡¡YO SOY ESPARTACO!!"





 Si es que es hablarme de 100 kms....





domingo, 10 de agosto de 2014

De repente Abril (II): la gloria en lo cotidiano




(Advertencia: Material inflamable. Si te exasperan los niños o aún peor, los padres hablando de niños, sentimiento muy comprensible, por otra parte, mejor no sigas leyendo)

En cuatro meses Abril se ha convertido en otra, pero sus ojos, esos grandes ojos de luna que a veces, fruto del asombro, parecen hasta demasiado grandes, son los mismos del principio; incansables, apenas iniciaron su búsqueda.

Su cuerpo ya no es el tierno y suave saco desmadejado que se desarmaba entre nuestros brazos, al que solo tensaba el dolor.  Ahora se gobierna, responde, patalea con fuerza, especialmente cuando se adivina que quiere hacer algo pero no acaba de atinar el qué. Ofuscada, intenta atrapar todo un mundo entre sus largos dedos o su diminuta boca. Ya no solo descubre su entorno, sino que vuelve a él y lo reconoce, porque ya la vida no se reduce a una sucesión de primera veces. 

Ya no parece tan frágil y vulnerable y el estado de crispación casi continua cede. Es lo que deseas desde el primer instante, que se convierta en  más fuerte, pero también con su consistencia y seguridad, desaparece algo que ya no volverá. 

Aquel miedo a cogerla de los primeros días, la delicada y estresante operación que era cambiarle un pañal ha desaparecido tras tantas veces, pero aún no se convirtió en rutina. Sigue siendo especial y divertido.

El llanto sigue estando ahí como su principal forma de expresión, pero aparecen muchos sonidos y matices diferentes; es casi su voz, y aquellas primeras sonrisas cuyos amagos rastreábamos al principio, ya son  risa franca, hasta a veces carcajadas desarmantes que hacen mirarse extrañados, plena y ridículamente felices a sus padres. 

Los primeros llantos causan la alarma en el padre primerizo, siempre alerta, derrotado y vendido si no está la madre. El vivir de una niña es extraño, descoloca; transcurre  entre el súbito cambio entre la angustia paralizante y la risa exultante. Son las caras de una misma moneda que de continuo vuela en el aire y donde se pasa de uno a otro estado sin solución de continuidad y sin razón aparente. Bueno, supongo que los motivos estarán ahí, y para los niños serán bien claros, pero ni miles de años ni millones de niños, experiencias hoy destiladas en el sacrosanto internet, nos harán comprender de una santa vez. 

Aprendes qué es un percentil, una palabra intimidante y maldita que implica que  cada cierto tiempo toca colocar a tu hija en una tabla de números y medir, que al final se extiende a comparar con otros, adivinándose que llevado más allá, con el discurrir de los años, puede ser el germen de algo de insana competición entre padres de niños cuando todos han de ser algo único, igual de terribles, igual de  maravillosos.

Un primer día en urgencias entras por la puerta del centro cumpliendo con tu papel de novato, sabiendo casi seguro que no se trata de nada importante, pero ese “casi” para un padre primerizo es demasiado  y contra esa intranquilidad no hay internet o consejo que valga. 

Me gusta mirarlas, a Susana y Abril, sin que ellas lo adviertan, cómo la madre abraza a la hija, cómo le ofrece la vida en sus pechos. Sé que la madre sigue sufriendo. Lo mismo que salí espantado del parto, también algo que no sabíamos es que para ellas, a menudo, no se acaban los problemas, que ya parecen incontables, que después de la tortura del parto, llega un tormento más tenue pero constante, igual de duro en algo ya de aceptación sin fin.

Y descubres que la felicidad se encuentra en lo cotidiano, en lo común, en la rutina que a diario, se despliega con escasas variantes, que volverá a ocurrir al día siguiente una vez más, desde la sonrisa de Abril tras verte al despertar,  hasta el baño y el masaje antes de  dormir. Seguro el día llegará en que mucho de esto y todo lo demás, se convertirá en algo de deber o sacrificio, mas por ahora, no se me alcanza. 

El miedo cede pero sigue ahí, de otra forma, en un misterioso instinto de protección que se prolonga mucho más lejos, en algo que viene a ser responsabilidad, en un temor a decepcionarla, en no cumplir con el papel que elegí.

Mecerla, cogerla, engañarla para que duerma, convertirme en guardián vigilante de sus sueños, porque a veces pienso que el tiempo pasa deprisa y pronto ya no volverá a dormir entre mis brazos. Cada sentido abierto en canal para recibir la cálida e inexplicable marea que asciende por el pecho, que irradias sin remedio, que se vierte en tu sangre, que se filtra, que empapa cada gramo de ti.

Ya son cuatro meses pero su padre  mira a los limpios ojos de Abril que  dicen mucho más. Sigo mirándolos, hechizado como nunca me sentí, y aún no nos entendemos de verdad, pero ahí está todo, el misterio de una minúscula vida en un planeta perdido de un universo infinito que llegó a nuestros brazos un temprano día de abril en el que Marte se encontraba asombrosamente cerca. Efectivamente, ahí está todo, todo el secreto. La bendición y el milagro. 

Supongo que llegará el día en que me acostumbre pero aún no. Aún no. Todo sigue siendo INCREIBLE.